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Lunes 9 de octubre, 2006 |
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crítica de cine Crítica de cine: Gardel en flamenco Volver: El pasado que retornaWílliam Venegas wvenegas@nacion.com Desde el inicio, uno se siente cautivado con las imágenes de la película Volver (2006), cuando las mujeres del pueblo limpian las tumbas en el cementerio. En tanto, se oye el coro de las espigadoras, compuesto por Jacinto Guerrero para su zarzuela La Rosa del Azafrán. Entre la música y el quehacer de las mujeres, las imágenes encuentran el equilibrio de la hermosura y el signo está planteado: la ausencia de los hombres es notoria. Uno quisiera que ese comienzo se prolongara, pero no puede ser, así no es una película. Sin embargo, Pedro Almodóvar no se detendrá ahí para darnos un filme muy cuidado, plano a plano, secuencia a secuencia. El goce estético producido por Volver es inolvidable, aunque la trama no emocione tanto como en otras películas almodovarianas alimentadas por el melodrama. El cineasta Pedro Almodóvar es un maestro en este género. Hay momentos en que el filme se desliza hacia otros géneros, pero se contiene y vuelve al mundo delirante donde vivimos el énfasis sentimental de los sentimientos, donde los besos son más importantes que las palabras y son bullangueros. Igual valen las sonrisas y las lágrimas. Los personajes viven sus emociones hacia adentro con la complicidad nuestra. Esos personajes son mujeres briosas y sensibles en una sociedad de códigos masculinos. Son víctimas, pero encuentran maneras para reinventarse. Ellas retornan del abuso masculino, convencidas de lo que dice el famoso tango cantado por Carlos Gardel, Volver, que le da título al filme: Tuya es su vida, tuyo es su querer, porque el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar. El sorpresivo argumento de la película corre de manera fluida, envolvente y fantasmal por mucho metraje (“no me hagas llorar, que los fantasmas no lloran”), con primeros planos dignos de Alfred Hitchcock (el papel de cocina llenándose de sangre) y con el apoyo explícito de imágenes del gran realizador Luchino Visconti: su película Bellísima (1951). Almodóvar se atreve a mirar el mundo de esas mujeres desde el plano de lo cotidiano, con lente de microscopio, tremendo riesgo porque puede llevar el filme al aburrimiento del espectador, y tal vez suceda así con el público común. Aquí, no podemos perder el punto de vista ante esa realidad de víctimas y victimarios, mostrada con gran habilidad cinematográfica. Por último, mencionamos lo hartamente mencionado: la sutileza histriónica de las actrices, enormes ellas, sobre todo la jovencita Yohana Cobo (Paula), extraordinaria en el parlamento ante su madre Raimunda (Penélope Cruz), cuando debe narrar su tragedia hogareña. Muy buena Carmen Maura, fantasmal, e inolvidable Chus Lampreave con su breve papel de la tía. Penélope Cruz es la película y demuestra que Hollywood no es lo suyo, aunque esté ahí enquistada. Eso sí, fue mala idea doblarla al cantar el tango Volver, en tonos flamencos, con la voz real de Estrella Morente. Paso en falso de Almodóvar, pero se le perdona por todo el resto del filme.
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