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Lunes 9 de octubre, 2006

Notas Espectáculos:

Foto Principal: 1382302

Diseño: Ólger Sanchez; Fotografía: Carlos González
Música electrónica:

La venganza de las máquinas

Para hacer música, a los intérpretes de LowFi les basta conectarse a la infinita sensibilidad de sus computadoras, sintetizadores, samplers y máquinas de ritmo. Que nadie apague la luz.

María Montero
mmontero@nacion.com

Ernesto pretende que escuche la música que acaban de componer sin necesidad de moverme de mi escritorio, entonces me manda un correo electrónico en el que incluye tres links y el siguiente mensaje: “Acabamos de subir tres temas de la banda y vos vas a ser la primera persona en escucharlos”.

Me siento tan halagada como rezagada en el tiempo: para quienes nacimos en los 70, la música sigue viviendo en los despachos de la burocracia artística –partituras; atriles; citas de ensayo– pero para Ernesto Bolaños, sus colegas del proyecto electrónico LowFi y millones de personas alrededor del mundo que nacieron una o varias décadas después, la música es un arte que vive en el futuro y viaja en el ciberespacio.

Sin pensar mucho en eso, conecto los audífonos a la computadora y, con el mouse en la mano, me voy directo al concierto.

Beat.La música de LowFi es electrónica de última generación, no solo porque el proyecto nació en mayo pasado, sino porque es la fusión de nuevos talentos, personalidades y softwares. Sus seis integrantes vienen de experiencias diferentes (que tampoco abandonaron en nombre del nuevo grupo), pero en las caras de todos puede adivinarse el resplandor de una laptop. “La mayor parte de nuestra música la gente la baja por Internet. Es un ambiente de mucha colaboración, pero a la vez nadie se ve. Somos como un coro: cada máquina es un timbre de voz”, explica Ernesto, quien manipula computadoras, sintetizadores y guitarras. “El músico profesional es el que toca para ganar dinero, mientras que el músico a secas toca para explorar un lenguaje. Nuestro lenguaje es el sonido que producen las máquinas”.

El último en entrar a LowFi fue el baterista Marcos Rodríguez, quien se estrenó el 20 de setiembre anterior durante un concierto en vivo en el Centro Cultural de España, en el que tocaron junto a DZ-J y FINA. Marcos, quien además toca guitarra eléctrica, es uno de los pocos que, por ahora, no está ligado a otra banda.

Síntesis.“Unos estudiamos música clásica”, dice alguno. “Fuimos roqueros”, interrumpe otro. “No nos limitamos”, agrega alguien más. “A mí, me encanta el jazz”, cierra un último. Con el grupo en pleno, la descripción de hackers haciendo música no está muy lejos de la realidad solo que, en su caso, es piratería original.

Konrad Chacón, mejor conocido como OP8, creció como DJ en la escena electrónica de Miami, desde donde regresó este año para, casi de inmediato, colaborar con la fundación del proyecto, al cual le inyectó su arte como programador de secuencias. Su hermano Radchid, otro capo de la escena electrónica de esa ciudad estadounidense es, según el propio Ernesto, todo un pionero del drum n bass, una de las facetas más frenéticas de la creación digital. “Admiro mucho a Radchid”, celebra Ernesto. “Para mí, ha sido toda una inspiración pues hace tiempo habíamos hablado de la posibilidad de trabajar con un músico como él”.

Los hermanos Chacón acumulan más de 11 años de traqueteo electrónico en Florida, Venezuela, Nicaragua, Guatemala y Costa Rica y, aunque su regreso al país es temporal, por ahora se vislumbra permanente.

La faceta visual del grupo le corresponde a Mike Cuevas, fotógrafo y diseñador que, desde una computadora (no faltaba más) se encarga de programar imágenes y multiplicar la experiencia de los conciertos. Mike es el VJ y, junto a Ernesto, tiene un grupo llamado Roedor, el cual definen como un proyecto multisensorial que combina performance de música electrónica original con creaciones audiovisuales.

El bajista Luis Carlos Paniagua se unió al grupo en julio, dos meses después de su creación, y debutó durante la clausura del Festival ¿Qué Centroamérica?, celebrado en el marco de un simposio que organizó el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC). Al buen entendedor, pocas palabras: de todos los conciertos que el grupo ha dado hasta la fecha –cuatro en total– tres han sido en centros culturales, sin cover; todo gratis.

“Las máquinas son bonitas porque fallan. Los botones de ahora son muy sensibles”, dice Ernesto, como si repitiera un parlamento de la película 2001: Una Odisea del Espacio, de Stanley Kubrick. “Es música en vivo. Estamos expuestos a cometer errores y, dependiendo de cómo usted se siente, así juega con los sonidos”, agrega Konrad.

No leerán muchos libros, pero devoran manuales del tamaño de la guía telefónica. Desde el punto de vista de su oficio, hacerlo es la única forma de permanecer en él, no solo porque cada cita en vivo los obliga a conectar millones de cables y generar millones de secuencias, sino porque la calidad de los componentes de sus equipos de cómputo determina la calidad del sonido. “El precio de las máquinas es fundamental. Si comprás una maquinita de $300 la vas a tener que cambiar porque está hecha para el consumidor común. A mayor calidad, menor es tu necesidad de cambiarla”, explican entre todos.

En agosto pasado, la compañía M-Audio (que vende hardware y software especializado para la producción de música electrónica) escogió a LowFi para ser la primera banda centroamericana que actuará bajo su patrocinio, con sonido y amplificación gratis para todos los conciertos, además de descuentos en ciertos productos. Ellos no esconden su entusiasmo: a nivel mundial, la empresa patrocina a artistas como Black Eyed Peas, Depeche Mode y Bajo Fondo Tango Club.

Lo único que les falta es un disco, pero ya están trabajando en ello. De hecho, para eso nació LowFi: no solo para hacer música, sino para grabar un disco. Al menos, ya tienen siete piezas listas. “No queremos que nadie nos reconozca”, afirman. “ Metal electrónico. Balada electrónica. Industrial. Nos preguntamos qué tipo de música queríamos, pero nos respondimos que solo escuchándolo podríamos descubrirlo”.



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