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Sábado 25 de marzo, 2006 |
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Crítica de teatro Campanas por matracas » Cuarentona:Amores en Jueves SantoWilliam Venegas wvenegas@nacion.com Alberto Cañas es un viejo guayacán, a quien hay muchas cosas que admirarle, sobre todo ahora por ese tesón social que muestra. Sin embargo, pienso que como dramaturgo es hombre con suerte, porque sus obras nunca terminan de convencerme y ya ven: Tarantela, por ejemplo, la repuso la Compañía Nacional de Teatro casi como clásico de la comedia costarricense. Ahora, en el Teatro Vargas Calvo, su obra J ueves Santo me resulta un texto más redondeadito para mostrar un conflicto amoroso que, en manos de otro, se habría convertido en simple folletín. Es la historia de la mujer sola y cuarentona enamorada de un hombre de 27 años, con cierta "invasión" en la intimidad amorosa de ella para estructurar el conflicto. Dicho trance lleva como contexto la intolerancia social que pesa sobre los amantes, expresión aldeana de tradiciones añejadas en el prejuicio y en el sermón religioso. Por eso, no está mal que el texto dramático se plantee un Jueves Santo. No sé si está en las indicaciones del autor o fue decisión del director Mariano González, pero desde mis viejos tiempos de monaguillo aprendí que para ese día, hasta el Sábado Santo, las campanas se silencian en las iglesias y no es el rosario la rogativa de ocasión. Ahí está el vía crucis junto con las matracas dolientes. En cambio, en escena, se insiste en oraciones marianas y en campanas. Luego de este introito, sin más rezos, quiero señalar los gozos habidos con este día escénico. En primer lugar, la escenografía de David Vargas, sencilla y expresiva, dos cualidades de muy difícil conjunción, gracias al talento unívoco de Vargas. Luego, el buen trabajo del equipo actoral, uniforme y preciso, tanto en histriones principales como en secundarios. No podemos dejar de mencionar el eximio trabajo de María Silva, cuánto don y talento, llena de fuerza y de matices expresivos, muy bien respaldada primero por esa dama de la escena que es Roxana Campos y luego, al cierre, con la sorprendente buena actuación de Bernardo Barquero, como el joven a quien la mujer madura ama. Con esas buenas cartas en sus manos, más un loable y sensible diseño de luces, no así de la banda sonora, Mariano González ha logrado una puesta en escena cálida de un texto dramático sin incisiones: se siente vida en el escenario al igual que pulcritud o esmero en la dirección. El texto maneja un interesante recurso de la paradoja para hacer avanzar la trama, por lo que hay parlamentos irónicos. Les recomiendo darse una vuelta por este Jueves Santo
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