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Miércoles 19 de julio, 2006 |
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Crítica de teatro: Denuncia confusa » Exageración. La caricatura subvierte la intención crítica.Andrés Sáenz asaenz@nacion.com Mediante un lienzo anecdótico sobre el que embadurna tintes sentimentaloides, traza bosquejos burlescos, borronea circunstancias inicuas y esboza personajes sórdidos, Melvin Méndez caricaturiza en Mueca, con toques de humorismo satírico, un cuadro de denuncia del turismo sexual, la trata femenina y los concursos de televisión que degradan la dignidad de espectadores y participantes, anuentes a rebajarse en pos de alguna quimera monetaria. Este último boceto teatral del dramaturgo costarricense se subtitula La tierna historia de la puta y el niño grande. El niño grande se llama Rómulo (Elías Jiménez) y la puta se llama Violeta (María José Capra). La relación que se establece entre él y ella es una variante del gastado cuento de la prostituta de corazón de oro y el hombre contrahecho, y junto con La Mama (Marianella Protti), dueña del burdel, son los papeles mejor delineados en el texto y en la representación. Según leí en un boletín de prensa, la pieza de Méndez es el resultado de más de tres años de trabajo de creación colectiva e improvisaciones de parte del grupo Punto Cero. No sé a cuántas horas de ensayo equivaldrán esos tres años y pico; sin embargo, los considero demasiado tiempo para un producto teatral tan escueto. Admito que no logré entender el significado o alcance dramático de algunos símbolos fúnebres al inicio y al final de la obra, ni por qué es ciego el personaje del Narrador, que el mismo Méndez encarna, y me niego a considerarlo hermanado con Tiresias, el adivino invidente de la mitología griega. No obstante, quizá sí lo harán quienes se aficionan por la intertextualidad posmoderna en boga y en el desenlace de la obra también podrán impresionarse con las alusiones, para mí gratuitas, a la cándida Eréndira de García Márquez, ya anunciadas en el subtítulo, y con la referencia visual a los personajes de Pozzo y Lucky, de Esperando a Godot, de Beckett. La puesta en escena de Fabián Sales encontró ritmos y climas dramáticos suficientes para las distintas situaciones de la trama y obvió la penuria de recursos técnicos del teatrito Oscar Fessler del Taller Nacional de Teatro. La música original de Ernesto Raabe me pareció la contribución artística más sobresaliente del montaje. Los espectadores, entre ellos muchos jóvenes, llenaron la pequeña sala, reaccionaron consecuentemente ante el acontecer escénico y, al final, aplaudieron al elenco con entusiasmo.
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