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Domingo 19 de febrero, 2006 |
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Crítica de danza: Desgarrándose la vida » Exploración y madurez: Oferta que cuenta con fuertes interpretacionesMarta Ávila iceagqa@racsa.co.cr La coreógrafa costarricense Marcela Aguilar da inicio a la temporada de la Compañía Nacional de Danza con el espectáculo El Rastro de la Mariposa y con él, vuelve a sus temas preferidos: los de la feminidad. En este trabajo, ella retomó textos de las escritoras Yolanda Oreamuno y Eunice Odio para continuar en el viaje interior al mundo femenino donde el amor y el dolor, la vida y la muerte, la ausencia y el deseo mueven a sus personajes. Aguilar se basó en los textos de Eunice Odio El Rastro de la Mariposa, Había una vez un Hombre. qué será y sus poemas del libro Los elementos terrestres ; y el relato de Yolanda, Insomnio, para presentar cuatro trabajos con fuertes interpretaciones y sin mucho despliegue técnico. Además, estos cuadros coreográficos son ejecutados con austeridad de movimiento y en espacios inusuales, dentro de las instalaciones del CENAC. De ahí que sólo cincuenta personas pueden asistir a cada presentación, ya que el espectador debe moverse en los distintos rincones seleccionados.
Después de un prólogo en la callejuela que conduce al Teatro de la Danza, Ivonne Durán y Mimi González recrearon Insomnio. Con el aporte de Luis Rábago en la dirección teatral, este segmento fue puesto sin el lirismo que lo antecedió y las bailarinas le dieron a los personajes un fuerte tono de realismo, casi patético. Por el impacto visual del segmento, vale destacar la imagen de la mujer que se deja morir al perderse en el horizonte. Crepúsculo de peces es el espacio para el erotismo, y la pareja en su intimidad fue ejecutada por los bailarines invitados Melissa Rivera y Mario Blanco. En este segmento, la coreógrafa presentó el amor en dúo a plenitud, y lo hizo a través de un dinámico juego corporal cargado de sensualidad y ternura. Bajo la luz de luna y ubicados los bailarines ante las antiguas calderas de la antigua Fábrica Nacional de Licores, espacio que de por sí tiene belleza escénica, ese sitio fue el marco ideal para ver a Wendy Chinchilla en La Rosa edificada. Esta bailarina demostró, en el solo, su amplio espectro interpretativo y gran proyección escénica. Carlos Ovares sirvió de hilo conductor en la obra, es el personaje secundario pero vital, es el que da el tono de hojarasca, el que va y sale de las entrañas de las mujeres y se mueve desde el suelo hasta el cielo, es la presencia de lo masculino. Ovares interpretó Era una vez un Hombre... que será. Acertadas fueron las atmósferas sonoras que logró en cada sección, Carlos Pipo Chaves. Con la edición de música de diferentes autores contribuyó a la unidad de la puesta. También fue importante el apoyo de Ronald Araya en la escenografía y de Luis Romero en la iluminación. No obstante, en la sección de Insomnio , la luz fue deficiente y plana. El Rastro de la Mariposa muestra que Marcela Aguilar va madurando su lenguaje por medio de sus imágenes recurrentes y, en este caso, lo hizo en la intimidad y sin acudir a cuerpos idealizados ni movimientos periféricos.
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