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 Festejo.La playa de Copacabana se iluminó con los fuegos artificiales. EFE
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Celebraciones:
Río recibió alegre el 2006
Río de Janeiro. AFP Un hombre yace tirado inconsciente, descalzo y con su cara llena de arena contra la calzada cerca de una playa de Río de Janeiro, mientras un barrendero intenta lentamente limpiar el área circundante llena de latas de cerveza, botellas, copas, restos de alimento y papeles.
Son dos víctimas del denominado Reveillon, el año nuevo, que llegó a la Ciudad Maravillosa de Río de Janeiro recibido por el mayor espectáculo pirotécnico de su historia: 25 toneladas de fuegos de artificio lanzados durante 17 minutos desde el mar hacia a la famosa playa de Copacabana.
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Rezos y procesión. Una mujer oró a Lemanjá en la víspera de Año Nuevo en la playa de Copacabana. Lemanjá (a la derecha) es la diosa de la creación, en Brasil también es conocida como la Virgen María o Nuestra señora de la Concepción. AP
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La actividad la siguió una verdadera marea humana de más de dos millones de personas que celebraron con brindis, ofrendas, rezos y algarabía general el inicio del 2006, pero sin desbordes.
La imagen al final de la madrugada en Copacabana, con el cerro Pan de Azúcar como testigo, parecía la de un campo de refugiados con muchos desechos y miles de personas varadas en la calle y la arena, a la espera de transporte o recuperándose para volver a sus casas, tras una jornada extenuante y lluvia tardía.
"Fue perfecto porque esta vez el humo no incidió, no llovió durante los fuegos artificiales y no hubo nada que lamentar. Hay que brindar porque fue un gran Reveillon", dijo Fabiana, una joven estudiante que retornaba de madrugada a su casa cansada, descalza y llena de arena, pero satisfecha.
La llegada a Copacabana era complicada ya desde la tarde, los automóviles no tenían acceso y decenas de miles se apuraban en las calles para conseguir un lugar.
El paso por el último túnel que conecta Copacabana con el barrio de Botafogo era una locura, con enormes filas y gritos ensordecedores que retumbaban, mientras autos, motos y autobuses hacían sonar sus bocinas.
El espectáculo también estaba en tierra, porque al ritmo de samba y música electrónica -sin la tradicional canción Cidade Maravilhosa- gente pintoresca dio rienda suelta a su ansiedad.
Los que estaban en apartamentos -muchos en animadas fiestas- con vista a la playa aprovecharon un panorama privilegiado como el que tuvieron los casi 7.500 turistas que desde el lado opuesto, en el mar, desde embarcaciones, presenciaron los fuegos artificiales.
Ritual presente. No faltaron ritos de origen africano: la gente lanzó flores y ofrendas para pedir deseos y homenajear a Iemanjá, la diosa del mar. También hubo quienes lavaron el alma en el mar o lucieron colores según la naturaleza de su deseo: dorado para la prosperidad o rojo para la pasión...
En toda la ciudad, donde la violencia urbana es rutina, había activos casi 12.000 efectivos policiales para garantizar la seguridad. Solo en Copacabana se ubicaron unos 2.000 oficiales.
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