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Viernes 29 de diciembre, 2006 |
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La misma mona con el mismo rabo Pocos montajes nacionales en el 2006 calificaron como arte teatral y los grupos visitantes decepcionaronAndrés Sáenz asaenz@nacion.com En el año que fenece, la mayoría de los espectáculos que aquí pasan por teatro siguió el mismo patrón que ha caracterizado la oferta de las salas josefinas durante, al menos, los últimos tres lustros: una preponderancia de piezas insubstanciales y lúbricas, a menudo vulgares adaptaciones locales de comedias que, en sus versiones originales, quizá exhiben cierta calidad dramática y humorística. Este paisaje desolador fue transitado, al parecer con gusto, por una cuantiosa cantidad de aficionados, que mantuvieron activas alrededor de una docena de salas comerciales, donde, en no pocos casos, las representaciones se sostienen en cartelera durante largas temporadas. Quienes buscan en el teatro algo más que entretenimiento inconsecuente pudieron a veces satisfacer sus necesidades en los teatros subvencionados, oficiales o universitarios, o en algún excepcional montaje comercial, y en las obras traídas de paso por compañías visitantes. Sin embargo, este año la oferta extranjera fue asaz decepcionante. En total, durante la temporada 2006 el colega William Venegas y quien escribe comentamos 30 espectáculos nuevos en las páginas de la revista Viva, de los que 21 correspondieron a montajes nacionales y el resto a presentaciones extranjeras, sobre todo del Festival Internacional de las Artes (FIA), celebrado a fines de marzo. El FIA. Venegas encontró muy asombroso y satisfactorio el espectáculo acuático Narcisse guette ( Narciso acecha), de la compañía francesa Ilotopie, con que se inauguró el FIA en el lago del parque La Sabana. También elogió la actuación y dirección del cubano Michaelis Cué en la obra unipersonal Marx en el Soho, del estadounidense Howard Zinn, que se presentó en el teatro 1887 del CENAC. No menos favorable fue su opinión del montaje de La Celestina, clásico español de Fernando de Rojas, estrenado en el teatro Melico Salazar por Zampanó Teatro, de España. También elogió la puesta de Mariano González de Jueves Santo, de nuestro Alberto Cañas, que se estrenó en la sala Vargas Calvo y fue la contribución costarricense más destacada del FIA. Por el contrario, le pareció deficiente, debido a la excesiva presencia del discurso descriptivo o enunciativo, el montaje Dulce compañía, dramaturgia de Lucero Millán sobre un relato de Laura Restrepo, que el grupo nicaragüense Justo Rufino Garay presentó en el Melico Salazar. Coincidente con el FIA, la Compañía Nacional de Teatro (CNT) presentó, en el teatro de la Aduana, una nueva escenificación de En el séptimo círculo, drama de Daniel Gallegos, cuyo estreno prístino el autor mismo había dirigido en el Teatro Nacional en 1982. Esta vez dirigió Luis Thenon, y el montaje recibió encomios de Venegas. De mi parte, pese a los notables méritos histriónicos del elenco en el espectáculo Homenaje a los malditos, presentado por La Zaranda en el teatro de la Danza del CENAC, hallé la representación predecible y repetitiva, y estancada la poética teatral de la reconocida compañía andaluza. Con cuatro de sus obras en el FIA 2006, la actividad por poco se convierte en un minifestival Arístides Vargas y grupo Malayerba. De las cuatro presentadas por el autor argentino–ecuatoriano y su agrupación quiteña, solo presencié el estreno, en el Teatro Nacional, de La muchacha de los libros usados, una obra de tonos grises y deprimentes, estructura esquemática, línea argumental desteñida, personajes estereotipados y situaciones previsibles y trilladas. Otros visitantes. En setiembre, los mimos suizos Patrizia Barbuiani y Markus Zohner estrenaron en el Auditorio Nacional, en función única, Ha! Hamlet, una especie de parodia mímica de la tragedia Hamlet, de Shakespeare, en la que representaban todos los papeles. Mediante gestualidad y onomatopeya el dúo suizo ridiculizó el argumento y los personajes, pero consideré que el empleo de parlamentos dramáticos propios de Hamlet estableció una insalvable contradicción interna en el espectáculo, porque el texto shakespiriano no se presta a la parodia. Asimismo en setiembre, hallé lamentables deficiencias artísticas, histriónicas y dramáticas en la puesta en escena de King Lear, presentada en inglés por TNT Theatre, por dos funciones, en el Teatro Nacional, en una versión textualmente abreviada y con un elenco reducido, en la que cuatro varones y tres mujeres representaban todos los personajes. Posteriormente, el montaje cumplió cortas temporadas en el teatro de la Danza y en el teatro Dionisio, de Café Britt, en Barva. CNT y UCR. Aparte de la pieza de Daniel Gallegos, el único otro estreno de la depreciada Compañía Nacional de Teatro fue, en octubre, en su sede de la Aduana, La tierra insomne, del chileno Marco Antonio de la Parra, con la dirección de José Pablo Umaña, montaje que Venegas estimó disparejo en concepción y realización. Al crítico le pareció muy encomiable la puesta en escena de Carol Jiménez de Manuela siempre, pieza de la costarricense Carmen Naranjo basada en la figura histórica de Manuela Sáenz, amante y musa de Simón Bolívar, que se presentó en agosto en el teatro de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica. En setiembre, en ese mismo recinto, Venegas por igual gustó mucho del montaje de Jeff Arce y de las actuaciones del elenco en Quimera, texto expresionista de Federico García Lorca. Otros estrenos. El teatro Dionisio, como se dijo, sito en las instalaciones de Café Britt, en Barva de Heredia, comienza a perfilarse como una opción viable para los meseteños que buscan montajes de mayor calidad. Ahí, Venegas celebró con calificativos muy laudables las puestas, en agosto, de Lorca en un vestido verde, del estadounidense Nilo Cruz, pieza dirigida y traducida por María Bonilla, y, en julio, de Mozart y Salieri, clásico ruso de Alexánder Pushkin, en montaje de Dmitri Ordanski. En setiembre, comenté de manera favorable Oleanna, acertado montaje de Nico Baker de la controvertida pieza del estadounidense David Mamet, que se presentó en el teatro Laurence Olivier por solo pocas funciones. Finalmente, en octubre, califiqué de admirables las actuaciones de Gladys Catania y María Silva en Soledad, ¿quién te acompaña?, obra en un acto de Silva con la que ganó el II Concurso de Dramaturgia 2006 convocado por el Teatro Nacional, y que Mariano González dirigió con tino y sensibilidad en la sala Vargas Calvo.
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