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Lunes 14 de agosto, 2006 |
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Crítica de teatro: El cerco del hogar » Dilemas: La Aduana con LunasWílliam Venegas wvenegas@nacion.com El grupo Brecha se hace una pregunta con la creación y montaje del texto 1969: Historia de una casa (2006), en el escenario de La Aduana. La pregunta es: "¿Qué ocurría en Costa Rica al momento de la llegada del hombre a la Luna?"; sin embargo, sobre las tablas, no encontramos respuesta considerable. A lo más, que se prohibió la participación de los comunistas en el proceso electoral. También se preguntan los "brechistas": "¿Qué significaba la Luna?". Por lo visto, no mucho, porque es apenas referente lírico en la trama. "¿Qué sentimos que ocurre hoy?", dicen, pero no lo responden. Así por el estilo. Pareciera que las interrogantes lo fueron por sorteo, porque en escena nada las contesta. Sin embargo, la trama me parece muy interesante por otras razones distintas. El montaje no nos entera sobre lo sucedido en el país entonces, sino que disecciona el mundo interior de una familia agotada por sus propios recuerdos, por sus laberintos del pasado, por encontrar respuesta y materialización de sus sueños: hermanos marcados por la intensa presencia del padre muerto, signo de una sociedad patriarcal. La obra, más que sociológica, acude a módulos existenciales y vitalistas: lo sucedido lo es por la fuerza vital propia de seres ahí presentes, estrujados en una casa de la que no pueden salir, ícono de la fatalidad y del designio. Vista así, me resulta más interesante la obra y su puesta en escena que con la llegada del hombre a la Luna. Desde esta lectura, tan válida como la de los propios miembros del grupo Brecha, me resulta más significante, legítima y oportuna la puesta en escena y su juego entre lo real y lo onírico, entre el realismo naturalista, duro, determinista, y una especie de realismo mágico con emociones ralentizadas (en cámara lenta), de cuerpos ligeros e inasibles, y de una inteligente escenografía que aporta atmósfera a todos esos elementos, apreciable visualmente. Sí hay signos de más en la expresión corporal de los actores, no todos entendibles, por lo que ante la ausencia de comunicación con el público, más bien un sector de este se ríe: se produce el efecto contrario. Sin embargo, no hay quite, con esta obra tenemos un apasionado trabajo por salirse de lo tradicional, incluso por ir a contracorriente, no solo en el contenido, sino en expresión estética. Las actuaciones buscan responder a ese esfuerzo, aunque no se haya trabajado más la dicción, sobre todo cuando se piensa que gritar es lo mismo que proyectar la voz. El elenco merece elogios, los del crítico y los del público. , con el regreso de José Elizondo al buen teatro; con Elvia Amador en un trabajo concéntrico que amarra muy bien el devenir de los acontecimientos; con Mariela Segura generando fuerza con presencia, con Pablo Piedra muy convincente; con Érika Hidalgo fluctuando entre el personaje y ella misma, es el punto más débil; y Miriam Calderón bien con el personaje oscilante entre la ausencia y la presencia. Música, sonidos y el logrado diseño de luces saben reforzar tanto el contenido del texto como las oportunidades visuales. Resumiendo, es bueno ir a La Aduana e interrogarse más allá de lo que tan bien se ve en el escenario.
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