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De besos, aplausos y sombreros Camaradería dominó la tribuna por encima de rangos y partidos9 de mayo. En una mañana deslumbrante y con fondo azul de estudiantes, la Asamblea Legislativa sesionó en pleno en la tarima principal en la que se mezclaron las delegaciones extranjeras de mayor rango con los poderes del Estado, la Conferencia Episcopal y los amigos y colaboradores del nuevo Gobierno. A pesar del entusiasmo y de la alegría reinantes, hoy de seguro los diputados amanecerán adoloridos por el incesante sentarse y levantarse a que obligaba el ingreso de las delegaciones invitadas. La más elegante entre los legisladores fue Sonia Picado, con sombrero negro y delicado velo gris, aunque debe de haberse sofocado un poco. Los "menos" catrineados fueron Daniel Gallardo y Eliseo Vargas, con fuertes anteojos oscuros de rockero. Y Guido Vargas, sin corbata. Lo más in fueron los ensombrerados como Jorge Luis Villanueva Badilla y las ensombreradas. En las damas predominaron los tonos pasteles, cremas, verdes pálidos, celestes y naranjas. De algunos estampados mejor no hablar. Muni Figueres fue la mejor presentada de las ticas, con un delicado traje sastre celeste, y entre las extranjeras destacó la esposa del representante personal del Emperador de Japón, la señora Aizawa. Es una famosa actriz japonesa. Cuando le tocó el turno a los invitados el más aplaudido, como se esperaba, fue el Príncipe de Asturias. Don Felipe, simpático, correcto y natural, fue escoltado por el diputado José Merino del Río, quien le habló con acento de coterráneo. Muy ovacionados estuvieron también los mandatarios centroamericanos y sobre todo sus esposas, bonitas como de pasarela. Alguien comentó que Arnoldo Alemán parecía como salido de una novela de Sergio Ramírez por "lo nica". El chileno Eduardo Frei más bien contrastó por su impecable seriedad. Ovaciones y silbadas
Cuando ingresaron los expresidentes criollos las manos ya estaban calientes por la aplaudidera. Casi todos fueron muy vitoreados -Echandi, Carazo, Monge y Calderón-, pero Oscar Arias un poco menos y se notó la ausencia de don José Joaquín Trejos. Un chiquitín, hijo del diputado Guido Alberto Monge, se soltó de su mamá para acompañar al padre, quien escoltaba a su propio progenitor, don Luis Alberto Monge. Entre chiflidos y ovaciones, por partes iguales, entró muy ufano el presidente saliente, José María Figueres, y su esposa Josette Altmann. Los diputados verdiblancos corrieron a saludarlos. Mientras don Miguel Angel y su comitiva le daban la vuelta de honor al Estadio sonaron los acordes de la Patriótica Costarricense, que fue solo coreada por don José María y su esposa Josie. Doña Lorena Clare acertó totalmente en su vestuario: distinta de todas sus "competidoras" y elegantísima en un traje blanco y azul con gran sombrero de pamela. Bueno, toda una Primera Dama.
La hora de la verdad
En el momento culminante, don Luis Fishman, presidente legislativo, tomó la banda presidencial de don José María. Doña Josette recogió el símbolo, agradecida, con un gesto de cabeza. Ya en la juramentación, don Miguel Ángel se puso serio y erguido, pura emoción. Con cuidado, Fishman le colocó la banda presidencial y doña Lorena apenas tuvo tiempo de acomodársela. Una vez envestido, don Miguel Angel se persignó y se dirigió de regreso a la mesa principal. Su esposa, protegida en su elegante sombrero, le deslizó unas palabras al oído. Doña Aída Fishman fue la más atenta en el momento del discurso de don Luis. Fishman remató su intervención recordando el hijo desaparecido de la pareja presidencial. En ese momento doña Lorena no pudo evitar enjugarse las lágrimas y abrazarlo tiernamente. Antes de comenzar a hablar, don Miguel Ángel besó la bandera de Costa Rica. Su discurso fue puntualmente seguido por escrito por doña Lorena, pero también por los exvicepresidentes Rebeca Grynspan y Rodrigo Oreamuno, quienes incluso le hicieron anotaciones. Aunque el viento se metió a ratos en el micrófono, don Miguel Ángel continuó leyendo firme y seguro. Cerca de las dos de la tarde se empieza a desalojar la gradería sur. Los muchachos llevan allí más de cinco horas. En la juramentación de los nuevos ministros se oye al presidente darles las gracias. Ya para el Te Deum la galería de sol están semi vacía y la de sombra empieza a estarlo. El príncipe Felipe rezó con fruición el Padrenuestro y todos los asistentes se santiguaron. A las 2:30 p. m. los caballistas se echaron a pista, pero ya en la gradería de sombra el cansancio se hacía sentir. Se renuevan los saludos y hasta el príncipe Felipe firma autógrafos. Un grupo folclórico baila en la tarima del centro, pero nadie se da cuenta. Los funcionarios entrantes y salientes y los diplomáticos departen animadamente sin distinción de color político. En aquel maremágnum de ¡muack!, ¡muack! y de abrazos a granel, don Luis Fishman, atento al orden del día, reanuda la sesión. Al mismo tiempo, los expresidentes posan con el nuevo mandatario. ¡Click! Todo ha terminado. O todo está apenas por comenzar. Son las 3 p. m., pero ni la atmósfera cargada de lluvia ni el cansacio logran aguar una jornada inolvidable.
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