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Viernes 01 de septiembre, 2006 |
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El adiós de Ford La muerte de Glenn Ford devolvió a la memoria el sonido de una bofetada, la que recibió en Gilda y que hizo del actor canadiense el legendario intérprete que Hollywood recordará a partir de ayer tan solo en sus películas. Su fallecimiento, el miércoles en su casa de Beverly Hills, también revive uno de los mejores infartos de la pantalla, el que sufrió como el padre terrenal del primer Superman de Christopher Reeve. Ford hizo de todo, el tipo duro de las películas del oeste o el sujeto afable de sus muchas comedias, un actor prolífico que a lo largo de su carrera trabajó en cerca de cien películas. Sin embargo, nunca consiguió ni un Oscar, ni tan siquiera una candidatura a un premio, lo que hubiera supuesto un reconocimiento en vida a la carrera de un artista. “Glenn Ford es uno de los pocos gigantes de la era dorada del cine que es igual de cercano y poderoso en clásicos del cine negro como Gilda o en filmes del oeste como 3:10 to Yuma”, resumió el cineasta James Mangold. Sus palabras ensalzaron al actor con motivo del que hubiera sido su último acto público en Hollywood, la celebración de su 90 cumpleaños el pasado 1 de mayo en una ceremonia que le organizó la Filmoteca American de Los Ángeles. “En el cine soy yo mismo. No soy un actor que se transforma en otro personaje, como Laurence Olivier. Lo peor que podría hacer es hacer obras de Shakespeare”, comentó en vida. Se trata de la misma honestidad que dejaba ver en la pantalla y por la que le llora la misma industria que siempre le admiró, pero que nunca le premió. EFE
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