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Viernes 04 de marzo, 2005 |
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En Guachipelín me tienta el descanso Cinco kilómetros hacía el norte de Liberia una carretera en violenta polvoreda lleva hasta a La Hacienda Guachipelín. Va el viajero por un paisaje rural en vía directa hacía Curubandé y ya aquello es como una película: casas de toscos portones de madera con veraneras de jugosos fucsias, y a mitad de la "andadera" un camino blanco, de también blancas, y como alcalinas paredes atrapa. En un codo de aquella vía, unas esculturas naturales de la misma tierra blanca se levantan sorprendiendo al ojo atento. Es fácil alucinar con que se navega dentro de una gran vena abierta y terrena. De repente, y en las faldas del Parque Nacional Rincón de La Vieja está La Hacienda, la Guachipelín. Un portón custodiado con rótulos de madera da todo el pedigrí del caso Ahí el tiempo pasa, pero poco importa si tiene prisa. La Hacienda, además de corrales, jardines nutridos de cedros y lindas malezas, tiene un hotel con con 34 habitaciones a manera de sencillos cuartos de las viejas casonas: postes de troncos, corredores de pisos rojos, aleros, paredes blancas y , por supuesto, sus buenas mecedoras. Una piscina salva al cuerpo del calor; la sed y el hambre se las ingenian en el restaurante que lo mismo sirve casados que platos más elaborados. Puede uno guardarse en el cuarto; pero también recorrer los senderos, escaparse al Rincón de La Vieja -que está a pocos kilómetros- o hacer de trotamundos y pedir un caballo. Cataratas, bosques y fuentes de barro volcánico tientan, sin pudor, a querer esconderse de la prisa que tiene lo urbano. |
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