
Víctor J. Flury
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Deja-vu
Días circulares
Marlowe@sol .racsa.co.cr
Un presentador de tevé (Bill Murray), a cargo de los informes meteorológicos, debe cubrir la festividad anticipatoria de la primavera - Día de la Marmota - en un pueblito de Pensilvania.
Allí, una tormenta de nieve le impide retornar a casa. A la mañana siguiente (y las que siguen), Phil - así se llama el hombre - percibe y confirma que todo se repite.
Cada jornada es una copia del 2 de febrero: despertador a las seis, diálogo entre él y la casera, café rápido, encuentro con un viejo amigo de la secundaria, cobertura del mismo evento.
Atrapado en un solo y único día, Phil - un ogro nada filantrópico - recorre los más variables estados de ánimo, aprende mucho y accede a la realidad de su prójimo.
Es el lado bueno de la historia. Porque también hay un lado inquietante: pasadas las 24 horas, las cosas vuelven a su punto inicial. Haga lo que haga.
Hechizo del tiempo (1993, Cinemax, jueves 24), interpretada además por Andie MacDowell, Chris Elliot y Stephen Topolowski, bajo la dirección de Harold Ramis, siente la presión de explicar qué pasa.
El deja vu, la experiencia de "lo ya visto" (atribuida a la reencarnación o al nervio óptico, según sea uno budista, cristiano, ateo, siquiatra), exige del cine un trato inédito. No es viable proyectar una escena igual a la anterior y trasanterior. El bostezo y el chillido de la gente diría no al rollo-carbónico.
De manera que Ramis divide el foco de atención. Así, dedica el primer plano a las reacciones diversas de su protagonista, sobre un diseño fijo de escenas reiterativas, aunque sutilmente deformadas por el ojo de Phil. La gradual toma de conciencia de este resignifica, pues, la situación. Usted verá.
Uno recuerda, de inmediato, La invención de Morel, el libro de Adolfo Bioy Casares que cuenta la peripecia alucinada de un náufrago en una isla desierta que, de noche y de súbito, se puebla; y donde las personas reproducen una fiesta idéntica, fotostática.
Murray y Ramis, quienes ya habían trabajado juntos en Stripes (1981), Cazafantasmas I (1984) y Cazafantasmas II (1989) crean aquí un delirio semejante y corren tras lo surreal hecho pantalla.
A ratos, logran su objetivo. No siempre. Pero el buen televidente guarda esos divinos ratos y agradece.
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