Castillos en la tierra
A Oscar Castillo los 60 años le llegaron como una tromba: acaba de ser padre de nuevo y está inmerso en la filmación de una película de sello tico que, se dice, tiene todo para triunfar en el extranjero.
Yuri Jiménez
yjimenez@nacion.com
Para Teleguía
Hablar con él, siquiera para tomarse un café, es casi una utopía en estos días. No es porque se dé aires de divo, no, sino porque está tratando de sacarle un 2 por 1 a las horas para repartirse entre la filmación de su nueva película, Asesinato en El Meneo, una ambiciosa producción de 200 millones de colones cuyo éxito, se espera, trascienda las fronteras costarricenses.
Óscar Castillo, hombre de teatro desde sus tiempos de adolescente, y dueño de una visión, audacia y terquedad que abrieron brecha a la producción nacional en televisión y cine, parece no conocer de límites. Así que se inmiscuyó de lleno en este proyecto justo en los días en que nació su pequeña Gabriela, quien con apenas tres semanas de edad se ha convertido en el oasis del espíritu incansable y acelerado de su papá.
La agenda de este hombre grande y enérgico albergó media hora para la entrevista durante su tiempo de almuerzo, el miércoles antepasado, nada más y nada menos que en el propio salón El Meneo, ambientado en lo que alguna vez fue el Cine California.
Entre una marejada de cables, actores, extras, maquilladores, técnicos, luces -y uno que otro bombeta-, Óscar trató de repasar su vida, o al menos este momento trascendente en que sus dos nuevos bebés, Gabriela y la película, ven sus primeros días.
Dicen que su temperamento de ogro apenas se compara con su gran corazón. También hay quienes afirman que, para cosechar todos sus logros en este medio, es requisito indispensable tener un temperamento como el suyo.
Como sea, Óscar Castillo irradia un entusiasmo contagiante al hablar de sus orígenes en el teatro o de su tránsito por diferentes países aprendiendo, siempre aprendiendo. Y sí, es vehemente hasta para reírse.
Cuesta imaginárselo como en aquellos tiempos, cuando era un chiquillo josefino embelesado por las funciones teatrales que presentaban de cuando en cuando compañías de teatro españolas, y que Óscar veía hasta 14 ó 16 veces por cuenta de un primo de su mejor amigo de infancia.
Ahí, tras bastidores, germinó la semilla que hoy cosecha la producción audiovisual de Costa Rica.
"Lo más interesante es que cuando veía las obras me transportaba infinitamente a la realidad de lo que ahí pasaba, ya desde chiquillo terminaba totalmente metido en una historia ajena, en otra realidad", rememora el cineasta, mientras a su lado viene y va su tropel de gente, preparándose para el grito portentoso e inminente del jefe: "¡Acción!".
Entretanto, Óscar sigue con su despampanante seguridad, desgranando recuerdos y gesticulando mientras casi se traga el almuerzo.
"Embarcado"
 César Meléndez durante una grabación en el bar El Meneo.
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Cuenta que sus planes de graduarse como médico se trocaron de un tirón durante una función en la que participó siendo parte del Grupo de Teatro Universitario. "Estábamos en el viejo Paraninfo de la Universidad de Costa Rica. Los que me embarcaron fueron Rodrigo Facio y Carlos Monge ¡Imagínese hace cuánto tiempo fue!. Subieron al escenario y me dijeron que yo tenía talento, que debería dedicarme al teatro. Claro, luego me di cuenta de que me embarcaron, porque lo que andaban era pescando incautos como yo para que me involucrara en el área artística, que en ese tiempo se estaba fortaleciendo en Humanidades y no tenían gente", cuenta Castillo.
De inmediato aclara que lo de la "embarcada" es broma.
"La verdad es que ellos me dieron la posibilidad de involucrarme en la profesión más linda del mundo, fue como si me dieran el pase a un mundo mágico como el de Peter Pan. Esto me ha permitido, como cuando iba a ver teatro siendo un chiquillo, vivir todas las realidades, desde las más terribles, como las de los documentales, hasta las que me han dejado ser: he sido rey, general, fotógrafo, coleccionista de arte, muellero, soldado... he sido negro, rubio... como si me hubieran llevado de la mano a la Tierra de Nunca Jamás", rememora.
A pesar de que sus palabras exponen su faceta de soñador, lo cierto es que Óscar Castillo parece haber encontrado el equilibrio necesario para mantener los pies (y sus proyectos) bien aterrizados.
Por eso, después de inaugurar e inaugurarse en el cine nacional con La Segua y con Eulalia, hace 15 años, hoy vuelve con su mejor ímpetu en el megaproyecto local Asesinato en El Meneo.
"Más que una quijotada, este proyecto tiene que demostrar que el cine en Costa Rica está en un nivel en el que es capaz no solo de tener un éxito rotundo dentro de sus fronteras, como fue el caso de Eulalia, sino que ahora podemos trascender las fronteras. Por lo tanto, vamos a demostrar que esta puede ser una actividad capaz de recuperar su inversión. Si Hollywood es una fábrica de sueños, el mensaje para los ticos es que nosotros también podemos soñar", asegura el cineasta.
La (media) hora de almuerzo agoniza. La "maquinaria" de El Meneo, en el antiguo cine California, ya tomó posición y solo están a la espera de las instrucciones de Castillo.
Entonces, una última pregunta lo desarma por completo y lo devuelve a la mesa y a la conversación. Es sobre su hija recién nacida, Gabriela, quien lo convirtió en padre después de 30 años, tres hijas y tres nietos.
"Después de que los hijos crecen, tener esa chiquita ahora ha sido algo inexplicable. Uno se replantea toda la vida, ya no queda espacio para la rabia, para la cólera. Esa chiquita nació por cesárea, cuando se la sacaron a Maureen me la pusieron en el pecho. Estuvimos así, cobijados, durante tres horas. Esa sensación es algo absolutamente fuera de este mundo. Sencillamente no lo puedo describir...".
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