El 20 de setiembre del 2000, Jiménez Deredia entregó su obra al Papa.

Soy, eres, somos

Polvo de estrellas


Ignacio Santos Pasamontes

Para Teleguía

Cuando una mañana de diciembre de 1999 Hilda Hidalgo, hojeando La Nación, se entera que un artista costarricense colocará una escultura en la Basílica de San Pedro, ni imagina que esa noticia perdida entre las páginas interiores del diario será el inicio de una formidable aventura que la llevará desde París y Carrara hasta la Isla del Caño, desde Heredia y Palmar Sur hasta Roma.

Semanas después, conversando con Mario Cardona y Laura Pacheco, Hilda les comenta la posibilidad de realizar un documental sobre el compatriota que triunfa en Italia y -ellos rencos y ella que empuja- en menos de lo que canta un gallo comienzan a intercambiarse correos electrónicos con Jorge Jiménez Deredia y mueven cielo y tierra para arrancar un proyecto que duraría más de un año y costaría 60 millones de colones.

Nuestros tres cineastas dicen "uno para todos y todos para uno" y marchan a Carrara, un pintoresco pueblo en el centro de Italia, famoso por sus canteras desde los tiempos del Imperio Romano y de donde se extrajo el mármol para el "David" de Miguel Angel.

En Italia los espera un costarricense que marcará sus vidas.

Deredia al Vaticano

A los 7 años, Jorge queda fascinado viendo a Juan Rafael Chacón hacer su escultura de Clorito Picado en un terreno cerca de su casa. Años después, reafirma en el mítico Castella de Arnoldo Herrera su vocación de escultor.

Pasa por la Universidad de Costa Rica y viaja a Italia a continuar sus estudios. Cuando acaba la modesta beca, a mediados de la década del 70, en lo que él mismo describe como un ritual, decide junto con su esposa emular a Hernán Cortés y, en una moderna versión de quemar las naves, rompen los tiquetes aéreos de regreso a Tiquicia.

Los siguientes son años duros como el mármol. Pero Jorge y su esposa Giselle Zamora, no aflojan. Estudia y trabaja, estudia y trabaja... A mediados del decenio del 80, Jorge decanta su visión del cosmos y de su actividad creadora. También por esos tiempos agrega el Deredia al Jiménez para reafirmar sus orígenes, y llevar también por fuera la Costa Rica de cafetales, pozas y mejengas de futbol que afirma "llevar por dentro".

La obra de Jorge crece, evoluciona, se transforma y en 1999 recibe el Premio Beato Angelico. Surge la propuesta de hacer una escultura de San Marcelino Champagnat, santo francés fundador de la Orden de los Maristas. La obra se colocaría en un nicho diseñado por el mismísimo Miguel Angel hace 450 años, y sería la primera obra de un artista latinoamericano en la Basílica de San Pedro.

Durante un año se dedica en cuerpo, alma y corazón a su primera obra de carácter religioso. En medio de esa vital actividad llegan a Carrara Hilda, Laura y Mario, con cámara, rollos, trípodes y grúas, luces y micrófonos. El artista les abre las puertas de su estudio, de su casa y de su corazón...

En el Laboratorio Nicoli, un legendario taller con un siglo y medio de abolengo, trabaja el monumental trozo de mármol del que nacerá "Un Gigante de Amor". Mientras Jorge, con cincel y martillo, crea el Marcelino, los cineastas comienzan a perfilar su "Polvo de Estrellas"...

Finalmente, llega el gran día. Miércoles 20 de setiembre del 2000. Con la presencia del Papa, y un pequeño grupo de familiares y amigos de Jorge, se devela la escultura de 5,20 metros de alto, 30 toneladas de peso y un costo aproximado de 250 millones de colones que, con sus formas simples y tiernas, inspiradas en las esferas de piedra que realizaban los borucas hace mil años en la zona sur de Costa Rica, contrasta con la barroca tradición vaticana.

Esa mañana, mientras Mario Cardona desde una grúa a 10 metros de altura filma el histórico acto, Jorge debe recordar a su padre, paralítico, construyendo con sus propias manos la humilde casa de los Jiménez en Heredia. Una obra tan conmovedora y ejemplar como el Marcelino, el primer "Gigante de Amor" que hizo un Jiménez de Heredia.

"Mi padre me dio el patrimonio más grande: la fuerza de voluntad, la fe para luchar por las cosas", dice un Jorge orgulloso de su invaluable herencia.

La recta final

Pero para Hilda, Mario y Laura el trabajo no acaba en el Vaticano. Marchan a París para entrevistar al famoso crítico Pierre Restany, quien asegura que Jorge "creará nuevas leyendas, nuevos mitos". En diciembre, junto con Jorge, viajan a la Isla del Caño y a Palmar Sur, en busca de las esferas de piedra que tanto han influido en Jiménez Deredia desde que, hace más de 30 años, vio en el Museo Nacional una serie de diversos tamaños.

Los últimos meses fueron de vértigo: La redacción del guión definitivo, viajes a Miami para revelar material, seleccionar 40 de los 500 minutos que tienen grabados, la edición final y todo el complejo operativo del estreno el pasado 27 de marzo en el Teatro Nacional.

En esto encontramos otro ejemplo de Hilda, Mario y Laura para todos. Convencidos de su causa, y con la misma pasión con la que realizaron el documental, tocaron muchas puertas, convencieron a moros y cristianos, y así consiguieron el apoyo solidario de empresas nacionales que hoy también forman parte del éxito del proyecto.

Porque polvo soy, polvo eres y polvo somos, esta es la historia de todos. Más que de Jorge, Mario, Hilda y Laura, es la inspiradora historia que nos impulsa a romper los tiquetes de regreso y nos anima a la intensa aventura de esculpir el gigante de amor que late en cada uno de nosotros. Explica Hilda que "para los astrónomos la vida comenzó en la explosión de una estrella. Del polvo estelar nacieron más estrellas y planetas, en uno de ellos, la Tierra, nació la vida tal y como la conocemos".

"No es una frase poética, somos polvo de estrellas, somos el producto de esa evolución", concluye Jorge.

Con una magistral fotografía, poética y simple a la vez -como la obra de Jorge-, con un guión claro y sobrio, una banda sonora que inspira y estremece, una locución convincente, "Polvo de Estrellas" ya es un obligado punto de referencia en la irregular, pero creciente, producción audivisual de Costa Rica.

El documental fija un nivel de calidad difícil de alcanzar -de eso se trata-, y confirma que tenemos el talento humano (camarógrafos, guionistas, productores, editores, sonidistas, músicos, locutores, diseñadores, luminotécnicos y maquillistas) para realizar obras dignas de transmitirse en cualquier televisora del planeta. Según Mario, "este es solo el primer paso".

Jorge, Mario, Hilda y Laura viajan a Carrara por diferentes caminos, con equipajes, sueños y tiempos diferentes, sin embargo, allí coinciden y encuentran lo que buscaban. Uno lo evidenció en el mármol. Los otros, en cinta de cine. Y hoy, usted y yo, tenemos el privilegio de ser convocados a esa coincidencia con "Polvo de Estrellas"...

¿Coincidencia?


Ficha técnica


Hilda (al centro), junto con Laura y Mario, a los pies de Un gigante de amor, en el Laboratorio Nicoli, en Carrara.

Dirección y Guión: Hilda Hidalgo.

Fotografía: Mario Cardona.

Producción: Laura Pacheco.

Edición: Cristian Glenwinkel.

Música: Fidel Gamboa.

Formato: Super 16 mm.

Duración: 44 minutos.

Costo aproximado: 60 millones de colones.

Patrocinadores: Grupo Pujol-Martí, Teletica Canal 7, Banco de San José, Durman Esquivel, Marte Estudio y Videotek.

El documental se transmitirá el próximo domingo 8 de abril, a las 7 p. m., por Teletica Canal 7.


Guerreros de la luz

Jorge Jiménez Deredia

Durante la Feria de Arte Arco 99, en Madrid, estaba almorzando con Pierre Restany cuando, de repente, me dijo: "Estoy terminando de escribir un libro sobre la verdad, porque a mi edad no me interesa escribir un libro más o un libro menos, solo quiero mirar la verdad a la cara". En aquel momento la frase me pareció atractiva, pero creo que no la comprendí en toda su magnitud. Un año más tarde, cuando Restany pasaba un temporada en Carrara, supimos que dos costarricenses querían encontrarnos. Eran Hilda Hidalgo y Laura Pacheco; hasta ese momento para nosotros solo eran dos nombres. Pierre accedió a dedicarles parte de su valioso tiempo y, después de la entrevista, mientras caminábamos, me tomó el brazo y me dijo: "Estas son dos personas verdaderas". En ese momento comprendí que valía la pena abrirle el corazón al grupo de "Polvo de Estrellas". Días más tarde, después del regreso de Restany a París, llegó a Carrara Mario Cardona e instantáneamente comprendí que, detrás de ese personaje cordial, existía un hombre que, en algún momento de su vida, había tocado con intensidad la verdad de la cual un año atrás había hablado Pierre. Mario estaba allí no para buscar fama o dinero, sino para iniciar un viaje que lo llevaría a profundizar aquella experiencia que lo había marcado. Los cinco nos habíamos encontrado, y cada uno había sido llamado a aportar su propio talento a esta aventura. Faltaba otro figura importante para completar el grupo, Fidel Gamboa, quien con su música amarraría todas nuestras reflexiones e imágenes, caracterizando cada momento con aquellos sonidos que me transportaban a mis años de estudio en el Conservatorio Castella, donde cada imagen tenía un sonido y cada sonido tenía una imagen. Nos vimos en Carrara, Roma, París, San José, Heredia, Palmar Sur y la Isla del Caño en búsqueda de aquella verdad que nos motivaba. En el sur de Costa Rica entendimos que el mensaje que nos dejaron las culturas precolombinas podía ser la llave para leer todo lo demás. Este grupo pequeño de indígenas había alcanzado un profundo conocimiento del ser humano, había transmitido con sus esferas una respuesta a la existencia y nos decía en voz baja: "La única esperanza de salvación para la humanidad está en integrar la razón a la espiritualidad, solo así se podrá vivir la plenitud del ser y probar el elixir de la felicidad". Todo esto nos lo decían con la alquimia de sus propias esferas. "Polvo de Estrellas" quedará en mi vida para siempre como un espléndido viaje en compañía de seres humanos que decidieron tomar sus propias armas y convertirse, como dice Paulo Coelho, en Guerreros de la Luz.


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