
Víctor J. Flury
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Lisboa
A César lo que es de César
Víctor J. Flury
Marlowe@sol.racsa. co.cr
"Cuando lo vi volver, alto y oscilante, las manos hundidas en los bolsillos de su gran abrigo abierto y con las solapas levantadas, entendí que había en él esa intensa sugestión de carácter que tienen siempre los portadores de una historia, como los portadores de un revólver. Pero no estoy haciendo una vana comparación literaria: él tenía una historia y guardaba un revólver".
Así nos presenta Antonio Muñoz Molina al pianista de jazz de su novela El invierno en Lisboa (1987); y podríamos decir que este ingreso a la narración de Santiago Biralbo concentra el pasado y el futuro, ambos improbables, de su oscuro protagonista.
La película homónima (1990, TVE América, viernes 23), coproducción hispano-franco-portuguesa dirigida por José A. Zorrilla e interpretada por Christian Vadim, Eusebio Poncela, Helene De Saint Pere, Dizzy Gillespie y Fernando Guillén, si bien es fiel a su texto, lo desborda y pasa a formar parte de la misteriosa transacción circular libro-cine.
Porque la obra de Muñoz Molina, derivada del cine negro y el melodrama, es una reelaboración de filmes de los 40 (Tánger, Gilda, Out of the Past) que, al retornar a la pantalla, adquieren una fuerza simbólica adicional, aquella relegitimación de que goza toda vuelta a las fuentes. A César lo que es de César.
Uno discurre entonces bajo la impresión de un largo y único deja-vu, de cierto panteísmo artístico situado por encima del medio de expresión.
La bruma, por ejemplo; una acción violenta, suspendida de la nada; la referencia casual ("Me dijo: ¿has visto cómo llueve?; yo le contesté que era la lluvia de las películas, cuando la gente va a despedirse") no son simples fragmentos de un todo, valen por sí mismos, brillan con una autonomía suprema.
Hay un músico, cierto, que se enamora de Lucrecia, mujer equivocada; la mujer que, a fuerza de espejismos y mentira, acaso toca la piel de la verdad; el dueño de un bar que colecciona las fichas de lo que serán recuerdos; un hombre imprevisible y burlado. De ellos, de su sombra y de su carne, emana el nombre exótico - Burma o Lisboa - que representa más que un sitio, y quizá una canción.
Un filme, pues, que finge ser real y que es más y menos que eso. Lo más parecido a un sueño.
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