Víctor J. Flury

El amante trabajador



Víctor J. Flury
Marlowe@sol.racsa.
co.cr

La muchacha del escaparate (La ragazza in vetrina, 1961, TVE América, domingo 11) quizá no sea una buena película. Pero viene pegada a su época europea; y la flecha del tiempo atraviesa sus imágenes de una punta a otra.

Un muchacho italiano migra a Holanda y allí trabaja de minero.

Se trata de un personaje tibio, afanoso, dispuesto a que el músculo no le diga no al cerebro.

Uno puede apreciar, aquí, la mano de Luciano Emmer - el gran documentalista milanés - y la bisoña colaboración de Pier Paolo Pasolini (el Pasolini joven), ambos dentro del espíritu revelador que Cesare Pavese había inyectado a la "poesía narrativa", una poesía de gente pobre y sueños corrientes.

Pavese tuvo el mérito de escribir Trabajar cansa (1936), libro de viñetas de la existencia cotidiana que ponía en primer plano al trabajador, dando pie a un realismo populista que los años siguientes (y el cine) no dejaron de cultivar.

Bernard Fresson interpreta a Vincenzo, epicentro de la acción, a la par de nombres consagrados: Lino Ventura, Magaly Noel y Marina Vlady.

Un día, nuestro héroe queda sepultado por el derrumbe de la mina; y el relato, entonces, adquiere un segundo aire. Vincenzo salva el cuerpo y decide volver a su pueblo.

No prevé, desde ya, las artimañas del azar, y sus últimas horas holandesas serán sísmicas. En Amsterdam, conoce a una prostituta (de aquellas que exhiben las vitrinas a precio de oferta y a las que Jorge Semprún fijó como nadie en sus novelas de clandestinidad), y se enamora perdidamente de ella.

Dije al comienzo que La muchacha del escaparate quizá no sea una buena película, pero me corrijo. Sí lo es. Porque a lo largo de su casi fatalista narración asistimos a un reflujo del mundo, cuando este era un centro de oportunidades vitales y de hallazgos del sentimiento. Cuando los seres tuteaban a la Historia a través de su historia (idea que comparten filmes de aquel periodo y cito - de muestra - Las noches blancas de Luchino Visconti, 1957, y Lola de Jacques Demy, 1961).

La fascinación de la experiencia, el deseo de cambiar de paisaje y aun de corazón, el impacto de los recuerdos y la enorme importancia del prójimo casual que dichos filmes edificaban, ladrillo a ladrillo, son una vara que mide hoy la anemia afectiva de la aldea global y de su producción cinematográfica.

No digo que todo tiempo pasado fue mejor. Aunque ganas no me faltan.





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