San José, Costa Rica, del 29 de julio al 1º de agosto 2001.








































Víctor J. Flury

Engendro

El cineasta cachorro




Marlowe@sol.
racsa.co.cr

No hay debut fácil. Menos todavía si se trata de un director de cine, cuyo horizonte, de hecho, es así de pequeño por obra y gracia de los directores clásicos que fueron. Aunque, ¡bendito recurso!, un novato puede siempre acudir a la coartada de los homenajes. Coartada que usa Rand Ravich en su opera prima El engendro (1999, HBO, domingo 29).

Ravich, codificador de las normas de Alfred Hitchcock referidas al suspenso, aplica además el viejo dogma del maestro de que la emoción debe anteponerse a cualquier tipo de lógica.

Dentro del diccionario hitchcockiano, cuentan el terror de la platea, su espasmo repetido, el hecho siniestro. Lo demás, aquello que no agita nuestra fuente de adrenalina, cumple la función de McGuffin, léase "pretexto".

Cuando Jill (Charlize Theron), por ejemplo, corre, desvalida y asustada (y nos asusta), las cosas marchan. Significa que el público se identifica con la heroína y asume los temores y pesadillas de esta.

Les abrevio, ahora, el McGuffin de El engendro. El astronauta Spencer Armacost (Johnny Depp) pierde contacto con la NASA durante dos minutos, mientras cumple un operativo de rutina. A su retorno a casa, la vida sigue igual. Nadie observa nada raro, a excepción de Jill, su cónyuge embarazada. ¿Paranoia? ¿Un alien usurpó la identidad de Spencer? ¿Tendrá la mujer un hijo extraterrestre?

Quiero agregar que Ravich, autor del guión, cae bajo la inercia de la trama y allí se demora, lo cual explica los tiempos muertos de su película. Caída de la que renace de forma intermitente, gracias a la exhumación de fragmentos de Vértigo y de Los pájaros (magnífica la danza de palomas, cercano ya el epílogo) y la música a lo Bernard Herrmann (característica de las mejores obras del realizador británico).

Lo que no dije antes y digo ya, respecto de los homenajes, es que son puñal de doble filo. Porque no basta acudir a símiles externos. No: el cineasta cachorro debe apropiarse de cierto espíritu del homenajeado, de una esencia que no se ve y añade sicotrones a la pantalla.

El engendro, a ratos, parece que absorbe dicha esencia. Las imágenes, entonces, corren. Pero, la mayor parte del tiempo, el filme - privado de magia y de motores - circula un poco a pie y otro poco caminando.





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