
Víctor J. Flury
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Fracasos
Ojo por ojo
Marlowe@sol. racsa.co.cr
¿Alguien te causó daño? Pues, págale con su misma moneda, dice la regla mosaica, el primitivo talión. Ahora, ¿qué pasa cuando el ofensor ha muerto y me agravia desde la tumba?
Juegos del destino (1999, HBO, domingo 22) aborda el tema y añade a la pregunta un toque de rara simetría.
Dutch (Harrison Ford) y Kay (Kristin Scott Thomas), viudos de la noche al día, debido a un accidente aéreo que les roba a sus parejas, descubren que las víctimas se hallaban ligadas. Eran amantes.
Atención, he aquí un escenario taliónico. Ambos anudan una relación amorosa, expresión acabada del "ojo por ojo, diente por diente". Solo que posmórtem.
Dutch, abatido por los hechos, busca recuperarse a través de Kay, y viceversa. Este doble gesto, al unísono, genera una entrega abierta, ilimitada y momentánea. El deseo y la venganza llegan a entenderse y a potenciar su caudal.
Cada uno retornará, luego, a sí mismo. Mejorado - gracias al cielo - por la experiencia, capaz de admitir el derrumbe de su pretérito ilusorio y consciente de haber sido víctima de un espejismo.
Sidney Pollack (Los tres días del cóndor, 1975; El caballero eléctrico, 1979; Africa mía, 1985) aplica su fórmula - base de los filmes citados - a Juegos del destino.
¿Y cuál es la dichosa formula? Pues cabe en una frase: "Todo lo que dos seres se pueden dar, se lo dan, y después se separan", escribe Franco La Polla, exégeta del director.
Pero, dentro de Juegos del destino, la desgracia será irreversible y el pasado también. No existe revancha contra "el tiempo y su fue", diría Nietzsche.
El filme detiene la marcha entonces y aventura un posible mañana, alerta a los signos de un fracaso anunciado. "¿Nos veremos de nuevo?", susurran los personajes. Quizá, no sé...
La melancolía, una idea remota de pérdida, invade la pantalla; y resulta curioso afirmar que la película (desigual, anticlimática a ratos) gana su batalla en las últimas secuencias, a la hora de un adiós casual, camino a un probable golpe de suerte.
Al cabo de la palabra fin, uno divaga frente a su televisor prendido. ¡Quién lo hubiera dicho!
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