
Víctor J. Flury
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Taxi
¿Me lleva al segundo círculo?
Marlowe@sol. racsa.co.cr
Travis Bickle (Robert De Niro), excombatiente de Vietnam, se autodefine como "el hombre solitario de Dios". Víctima de insomnio, Travis recorre Nueva York noche a noche, montado en su yellow car.
Desde aquel trono rodante, Bickle aprende a tutear la miseria de la ciudad y filosofa acerca de la tragicomedia de las calles y los contactos extraños que le depara su oficio.
Iris (Jodie Foster) aborda, una vez, el vehículo de Travis. Ella, prostituta de doce años, será a partir de dicho momento un signo que de modo inconsciente él esperaba, la oportunidad de redimir a una criatura de su Caída.
Martin Scorsese creó así Taxi Driver (1976, Cinemax, domingo 15), película que mejora a medida que transcurre el tiempo, asumiendo nuevas vigencias y relecturas.
No cabe duda de que el ansia apostólica de nuestro taxista deriva de su cristianismo esencial, sometido a la dura prueba de una realidad que niega lo sagrado y olvida lo que niega.
Asido al concepto de salvación, este ángel noctívago trata de hallar un nicho receptivo, un ademán de acogida de parte de la doceañera que divaga sin duda más acá del bien y del mal.
De allí que el filme gire alrededor de lo que un moralista ha llamado desproporción: el enorme abismo que se abre a la hora de rescatar a un prójimo caído dentro de una sociedad corrompida. El resultado más visible suele repetir el viejo camino de lo sublime a lo ridículo, de la santidad a la caricatura.
La admirable ejecución fílmica de Taxi Driver resiste los vaivenes del tiempo e ilumina, de paso, las tribulaciones religiosas de Scorsese y el perfil artístico de su triángulo actoral.
De Niro y Foster parecen sacados de la atmósfera del "segundo círculo" de La Divina Comedia, sitio reservado a los pecadores de la carne, mientras Harvey Keitel (rufián de Iris) le añade a la figuración dantesca ese tono bajo y abyecto de la mafia prostibularia.
Vale la pena revisitar el filme, espejo de la metrópoli contemporánea y de sus perdidos transeúntes. Porque, además de recortar un infierno ahora y aquí, Scorsese confiere a su trabajo una dignidad teológica. Muy próxima a la visión del pensador judío Martín Buber cuando escribió que nos hallamos hoy ante el "eclipse de Dios".
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