Una peruana de ojos profundos es la protagonista de Once Rosas, película costarricense que se estrenará en televisión
Manuel Murillo Castro
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El sol declina en una tarde de diciembre, uno de los últimos ponientes del siglo XX, y se derrama en un manchón bermejo al tiempo que dispara sus rayos oblicuos; la luz atraviesa la copa de un árbol y se refleja sobre el muro que bordea el edificio de La Nación, en Llorente, Tibás. Si el viento mueve la enramada, el juego de arabescos, cambia en la tapia; pasa a otra escena. Parece una elemental función de cine, con un aire surrealista, realizada por la naturaleza.
Estoy a unos cuantos pasos del estudio fotográfico del periódico, dando un compás de espera mientras mi compañero Jorge Castillo ilumina, dispara y atrapa con su lente a la actriz peruana Mónica Sánchez, protagonista del cortometraje costarricense Once rosas. La acompañan Esteban Ramírez, director de la película, y Mario Cardona, director de fotografía.
Sánchez ha estado en el elenco de dos laureados filmes peruanos Pantaleón y las visitadoras, basado en la novela homónima de Mario Vargas Llosa -que conquistó siete laureles en el Festival de Gramado, Brasil; entre ellos los de mejor película, dirección, el premio de la crítica y el del público- y La carnada, de Marianne Eyde -ganador del premio a la mejor película en el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana-.
Asimismo, tiene un papel importante en la telenovela María Emilia, que transmite canal 11 de lunes a viernes, a las 9 p. m., junto a la venezolana Coraima Torres, el argentino Juan Soler y la mexicana Ana Patricia Rojo.
En el teatro
Digno de mencionar es su trabajo en las tablas, del cual se pueden mencionar obras como Macbeth, de William Shakespeare; Eclipse total, de Cristopher Hampton; El perro del hortelano, de Lope de Vega, y La ronda, de Arthur Schnitzler.
"Llegó en el momento oportuno -me dice Esteban- pues Mario va a realizar unas tomas; así que las hará mientras usted habla con ella".
La actriz, una esbelta trigueña de pelo lacio y boca pródiga, ojos negros, grandes y expresivos -con un leve repliegue epicántico que la remite a sus ancestros incas-, está sentada sobre un banquillo con la sonrisa a flor de labios; atrás hay un fondo oscuro, el cual le da un toque casi ceremonial a la escena que Cardona empieza a beberse, cámara en ristre.
De entrada, Mónica, de 30 años, nos expresa que se maravilló al llegar a nuestro país pues se topó con personas de su generación aferradas a la aventura de hacer cine, ceñidas en el empeño de fraguar una idea, darle forma y atraparla en el celuloide.
Y si esto le resultó estimulante, aún la inspiró más el hecho de que la gente con la que laboró lo hizo con "muchísimo amor, muchísima pasión".
"Ser actriz significa trabajar con sus propias emociones, y en este punto, el equipo es fundamental porque significa confianza, apoyo, y una da lo mejor de sí cuando se siente respaldada. Aquí, en el mismo aire, se percibía el profesionalismo de mis compañeros".
El eje de una producción cinematográfica es el director; él es quien concibe un proyecto, quien decide cristalizar su propio sueño para crear la obra de ficción, sostiene Sánchez.
Y, en suma, la buena marcha y conclusión del filme tienen que ver con la claridad, la fuerza y hasta la magia que tenga el cineasta para transmitir su idea al grupo.
"Conocí a Esteban en el pasado Festival de Cine de Cartagena -en el Caribe colombiano-. Me habló a grandes rasgos del proyecto de Once rosas; desde entonces me interesé en el cortometraje y decidí formar parte de su elenco".
El cortometraje
Teniendo como fondo la partitura de Bernardo Quesada -que ejecutan Éditus y Cuervo Blanco-, Once rosas nos encara -a través del lente de Cardona- con una parte de San José, ciudad de contrastes arquitectónicos y una plaza donde irrumpen, de golpe, la música y el revoloteo de palomas.
En este escenario, el filme se aventura a plasmar un retrato interior: la obsesión de un fotógrafo (Fabricio Gómez) por una mujer que ve pasar fugazmente (Mónica Sánchez).
"Pienso que el cortometraje incursiona en un estilo, una manera de hacer cine. Lo lindo muchas veces es lo que no se dice o, visto de otro modo, el lenguaje de las palomas, de la mirada, de la sonrisa, de los cuerpos", enfatiza Sánchez.
"La película trata sobre la soledad, el amor, la manera en que la pasión nos lleva a tejer fantasías a partir de un encuentro casual, es decir, se trata de sentimientos y situaciones que tocan las fibras de lo humano. No creo que lo universal pueda derivarse de la nada; pero lo universal sí parte de lo local cuando lo local tiene raíces profundas", agrega la peruana.
Seguidamente, Sánchez nos habla sobre la efervescencia del cine latinoamericano, que está triunfando en tres continentes. La actriz sostiene que ese renacimiento del sétimo arte continental se manifiesta en Costa Rica a través de una ebullición audiovisual.
Existe una generación -puntualiza la actriz- que está empecinada en hacer cine con las uñas, con las vísceras y, esencialmente, enarbolando la imaginación, la capacidad de soñar, el acto creativo como génesis del proceso.
Al salir del estudio, me rondan la mente unas palabras de Sánchez: "El cine, además de que refleja la crisis económica y moral que estamos viviendo, es capaz de cambiar la mentalidad del espectador, es capaz de renovar su espíritu".
Paralelamente recuerdo el juego de luces que reflejó el sol sobre el muro pues me remite al 28 de diciembre de 1895, cuando, en el sótano del Grand Café de París, los hermanos Auguste y Louis Lumiere proyectaron las primeras imágenes animadas ante 33 espectadores.
Un siglo después, esto que los Lumiere llamaron en principio linterna mágica -y que tiene mucho de magia- convoca multitudes en todo el planeta al ritual de una sala en penumbras, una pantalla, una historia y un proyector que derrama imágenes.
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