San José, Costa Rica, del 23 al 30 de diciembre del 2001.








































Victor Flury.

Strangelove

El hechicero hechizado



Victor Flury
Marlowe@sol.racsa.
co.cr

Los 60 no fueron solo de hippies y beatles. Había cosas menos publicables que atizaban la vida de la gente.

La guerra nuclear, sin duda, era el gran fantasma; y agrego dos símbolos de la época: un sistema de alarma ultrasensible y el famoso teléfono rojo de los presidentes de USA y la Unión Soviética.

Dr. Strangelove o de cómo aprendí a amar a la bomba

(1964, A&E Mundo, sábado 29) tuvo, a la hora de su estreno, un efecto de conjuro.

Stanley Kubrick quiso y logró poner sobre el tapete la posible falla humana, el error que podría extinguir a la especie. Gracias a la actuación de Peter Sellers (triple papel: científico, jefe de estado, militar inglés), la comedia negra de Kubrick se torna parodia de un mal colectivo y no pierde un ápice de credibilidad.

George C. Scott y Sterling Hayden acuerpan a Sellers a través de un relato sostenible: hay un aviso de bombardeo atómico a los Estados Unidos que, casi de inmediato, se demuestra falso.

Habrá que abortar, pues, la maniobra. Ahora bien, dado que la operación se rige por un automatismo fatal, el avión que transporta la carga de megatones no puede ser detenido. Ni modo, advirtamos a los rusos.

¡Oh, ironías de la técnica! Los rusos disponen de un sistema de respuesta mecánica: cuando caiga la bomba en su territorio, minado de cargas radioactivas, un hongo mortal cubrirá la Tierra.

El suspenso, claro, nos cautiva; y Kubrick aprovecha ese clima para hacer más patética y absurda la figura de su Dr. Strangelove: el director británico ya sabía quizá que un alto número de científicos trabajaba en la industria bélica de entonces, cifra que debe haber aumentado de manera exponencial durante los últimos 40 años.

Pero lo estremecedor de la cinta es que el rey del universo, el homo sapiens, ha creado juguetes funestos y autodestructivos que escapan a su control.

Nos hallamos de nuevo, amigos, ante la historia del hechicero hechizado por sus criaturas. Un peligro que desvelaba a Isaac Asimov y que explica el primer mandamiento cibernético de su libro Yo, robot: "No te rebelarás contra tu creador".





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