San José, Costa Rica, del 29 de abril al 5 de mayo del 2001.








































Víctor J. Flury

Cassavetes

Todo el jazz




Marlowe@sol.
racsa.co.cr

En Costa Rica, no hemos visto películas de John Cassavetes (1929-89). La explicación es simple: John no era pieza de la máquina de Hollywood; y si, como intérprete, redondeó trabajos de cien puntos (El bebé de Rosemary, Doce del patíbulo, Los asesinos), él quería filmar bajo la guía de sus demonios.

Padre del cine independiente, Cassavetes sacó los temas a la calle, tuvo una "familia" de actores a su cuidado - siempre los mismos - y cada relato suyo podría ser considerado un sico o un sociodrama, y además cine.

Desde Sombras (1959), largometraje realizado por un equipo de ocho personas, su puesta en escena toma forma de rapto y el desempeño de los actores, pegados a la piel de los personajes, oscila entre la probabilidad que dicta el carácter y la invención de lo nuevo.

Ahora, Cinemax repara el pecado de omisión de las carteleras cinematográfícas y nos trae Maridos (1970, lunes 30), una de sus obras representativas.

Maridos explora la personalidad de tres andobas casados, de mediana edad, a quienes un sismo existencial pone frente al espejo. Esto ocurre durante el funeral de un amigo.

Gus (John), Harry (Ben Gazzara) y Archie (Peter Falk) deciden marcharse de sus hogares para reencontrar la identidad que el matrimonio les robó. Las siguientes 48 horas son de vino, cantos, apuestas, sueñera dentro de un metro y afán de resucitar la juventud perdida.

No contaré el resto, aunque les filtro un recado. Ustedes podrán percibir que la pantalla (y no es común) registra un aire de libertad inusual, una atmósfera de azar que reta cualquier lógica preconcebida, una economía desaforada de ying y yang.

El cineasta - cara acaballada, mirada hipnótica, cigarrillo cosido al labio - murió como vivió, ebrio de pasiones y de muchas, muchas copas, a los 59 años. Su legado, 12 creaciones de autor, inspiró a Martin Scorsese, Jim Jarmusch y un largo etcétera.

Cassavetes, un devoto del cine-verdad, renovó las aguas de aquella corriente que paseaba a la vera de transeúntes laboriosos y discretos. Le impuso al paisaje humano un ritmo jazzístico, abierto a la improvisación y la inesperada coincidencia de lo asimétrico. Un milagro, en fin, de imagen y existencia, celuloide y pasión.

Resulta bueno admitirlo hoy, cuando el pasado de su filmografía tiene un enorme futuro y el mundo parece corresponder a su visión de ojos grandes.

¡Salud!





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