
Víctor J. Flury
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Agnes
El ojo del huracán
Marlowe@sol. racsa.co.cr
Agnes (Meg Tilly) queda embarazada. La monja insiste acerca de un punto: ella no tuvo sexo, es decir, no "conoció" en el sentido bíblico a ningún varón. Es virgen.
Debido a la muerte del niño, la justicia interviene y pone a Marthe Livingston (Jane Fonda) a cargo de la investigación.
La Madre Superiora (Anne Bancroft) obstruye cualquier tipo de asistencia o pesquisa; y no cabe duda de que su posición implica un apoyo a lo dicho por Agnes.
Dentro de este planteo, circulan los extraños episodios de Agnes de Dios (1985, Cinemax, viernes 27), dirigida por Norman Jewison (el mismo de Hechizo de luna y Huracán). El guión, de John Pielmeyer, es una adaptación de su polémica pieza teatral.
La cinta propone un debate casi imposible. El credo religioso y la actitud agnóstica chocan minuto a minuto. La siquiatra quiere ayudar a Agnes; y sus razones, de verdad, tienen más peso que el activo silencio de la Superiora. No obstante, Jewison carga de matices la narración, dejando hablar más a la atmósfera que a los personajes. Una atmósfera difusa que se apodera de la pantalla y que insinúa la proximidad de cierto abismo, un huracán a punto de sobrevenir.
Finalmente, sobreviene; y podemos atisbar, en su eclosión, un giro de 180 grados: el relato brinca, sin aviso, de la tercera persona a la primera. La cámara deja entre paréntesis lo que ocurre en el convento y...¡ya forma parte de la conciencia alterada de Agnes!
Tamaño salto no es fruto de la improvisación. Sven Nykvist, el fotógrafo de Ingmar Bergman y Woody Allen, apela aquí a toda su veteranía y audacia para "materializar" un rayo de luz descendente e imprimirle la rareza de un desenfoque particular. Uno podría argüir que el rayo es suprarreal o surreal, nunca real.
La película no etiqueta este fenómeno, se limita a mostrarlo; y que cada quien saque las conclusiones.
Lo nuevo se halla, claro, en la metamorfosis narrativa. La anécdota presenta dos bandos opuestos y, de súbito, el eje de la disputa - Agnes - desplaza a los contrincantes y asume el rol protagónico.
Además, una especie de mensaje trascendente emana de la acción misma y uno llega a detectarlo cuando evoca las impresiones recibidas. El milagro, como decía Henry Miller, no consiste en la aparición de algo sobrenatural sino en "esperar un milagro". A mí me parece. ¿Y a usted?
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