A veces, es difícil disociar a María de sus personajes. A ella misma le cuesta, porque se le parecen mucho.

María Torres

Gracias a la vida

El regreso de María Torres al teatro -su pasión original- es el corolario de la madurez personal y profesional que ha logrado esta talentosa actriz después de pasar por un espinoso pasaje


Yuri Jiménez
yjimenez@nacion.com

Su vida ha girado alrededor de casi tantas facetas como las de sus personajes. Hace 6 ó 7 años, María Torres, la conocidísima y talentosa actriz, disfrutaba de las mieles de su éxito profesional, mas una sombra de "me falta algo" velaba sus expresivos ojos café... aunque se estuviera riendo a carcajadas.

Hoy, a sus 42, María afirma -y se le nota-haber logrado la plenitud.

Lo lanza así, al natural, sin poses ni complejos: "Soy una mujer dichosa, estoy feliz conmigo como mujer, madre, profesional, amiga y amante. Estoy viviendo una época de plenitud, de gratitud con la vida... y doy gracias infinitas a Dios por eso".

Para cerrar con broche dorado este ciclo de su vida, María vuelve a las tablas con la obra teatral Atando cabos, que no solo la lanza a su pasión original, sino que le da chance de crear conciencia sobre los riesgos del sida.

Dicen los entendidos -y los no tanto-que su papel dramático es extraordinario. De pronto no es casualidad.

"He tomado este papel con la misma entrega y profesionalismo de siempre... pero quizá sí... quizá esa vibración que la gente siente se debe a que en el fondo yo tengo muy presente a tantos amigos del alma que han muerto de sida, y a otros que están enfermos", afirma María, quien desborda entusiasmo cada vez que habla de esta obra.

Sin embargo, en honor a la justicia, la María Torres de ahora habla con entusiasmo de todo. Tuvo que pasar, eso sí, por un proceso algo espinoso antes de lograr la madurez con que ahora enfrenta la vida.

Edad decisiva

"La crisis de los 40 se me adelantó, me empezó como a los 37 y coincidió con el nacimiento de María José, mi segunda hija. Una nunca está totalmente lista para la maternidad y yo empecé por cuestionarme todo, hasta pasé por una etapa de deterioro físico, me empecé a sentir fea, fueron tres años terribles, me deprimía por ratos, luego estaba muerta de risa y de pronto me ponía a llorar. Yo pensaba que ahora sí era cierto que se me habían `jodido los bartolos'", recuerda en medio de su inconfundible risa.

"Luego Marcia (Saborío, su socia y mejor amiga) me prestó dos libros, uno se llamaba la Crisis en la mujer de mediana edad, y entendí que todas las mujeres pasamos por eso, que todas nos deprimimos por ratos y que además tenemos derecho a ello..."

María recuerda que, por esa época, su fama terminó por poner su situación anímica aún más cuesta arriba. "Mucha gente no te asume como un ser humano, esperan que uno esté siempre riéndose, y eso me hacía sentir terriblemente desamparada. Yo pensaba: ¿cómo es posible que si estoy triste no puedo estar feliz de estar triste? ¿No tengo derecho a decir `hoy no me quiero reír' o `me duele el corazón'?".

A tiempo completo

El caso es que hoy esas nebulosas quedaron atrás. "Tremendamente organizada", como se define, María se parte en diez para exprimir las horas y cumplir con todo. El programa Caras vemos sigue siendo tan exitoso o más que en su arranque, hace ya cuatro años. A sus grabaciones se suman el teatro y las presentaciones privadas, y luego todo lo demás.

"Mi hijo Simón (13 años) es totalmente independiente, así que no tengo que madrugar mucho porque él se levanta temprano, se alista, se hace el desayuno y se las arregla solo para irse para el colegio. Pero en el momento en que María José se baja de la cama, empieza todo el ajetreo, que cuando no tiene que ver con trabajo tiene que ver con ir a pagar recibos, hacer vueltas de bancos, asistir a reuniones de la escuela... como verás, ¡en las noches caigo como `zapallo emburrado'!".

A veces, solo a veces, es difícil disociar a María Torres de sus personajes. A ella misma le cuesta, quizá porque algunos se parecen mucho a su dueña.

"Amo a la Tía Maricucha por ese carácter que tiene, vivaz, feliz, extrovertida e intensa hasta cuando está triste, es un poco como yo. Elodia tiene un significado muy especial para mí porque, en medio de su discapacidad, tiene un corazón de niña metido en un cuerpo de grande. También me gusta Sara Fawcet con todo lo neurótica que es, y Chicho, con todo y que solo tortas, lo quiero mucho".

Al hablar de sus "coprotagonistas" no titubea: su favorita es Shirley Yahaira. "Quizá porque cuando escucho las preguntas que hace se me parece muchísimo a mi hija María José".

En medio de su torbellino de vida, la María Torres de hoy encuentra tiempo para el amor.

"Tengo tres años de estar profundamente enamorada, estoy con alguien muy especial. Antes de eso estuve sola, y con todo lo doloroso que fue, creo que llegué a disfrutar de esa soledad, me enseñó a reconocerme como ser humano y como mujer. Me enseñó, sobre todo, a valorar cómo sería la persona que me podía merecer, porque yo creo que parte del aprendizaje más grande que puede tener una mujer es ese, a partir de ahí uno se vuelve más selectivo y, sobre esa base, escoge mejor a la persona de la que se va a enamorar".

Aunque suene trillado, su fórmula en este momento es aquella que reza que hay que vivir todos los días como si fueran el último. "Uno nunca sabe qué nos espera. Últimamente he visto morir a gente muy cercana, y con todo lo doloroso que ha sido, eso me ha aleccionado para aprender a disfrutar el presente".

Un presente que hoy, para María Torres, brilla mucho más allá de las cámaras o de los reflectores.



Teatro para sentir y pensar

La sala número tres del Outlet Mall, en San Pedro, está cargada de sentimientos encontrados: arrebato y cordura, tolerancia e incomprensión, lágrimas y aplausos. Es suficiente con ponerse cómodo en la butaca para oler, sentir, tocar y dejarse llevar por todo aquello, una vez que las luces se apagan y la función comienza sin demora. Atando Cabos es la obra de teatro que se encarga de mostrar un lado esquivo de la realidad: el sida. María Torres y Vinicio Rojas, con el apoyo de María Chávez, no tienen reparo en demostrar al público cuán sensible, tolerante y precavido se puede ser cuando esta enfermedad camina muy cerca de la vida. Atando cabos le da una sacudida a la razón y le dice: esto, le puede pasar a usted... téngalo presente. Pero, la pieza va más allá de una simple puesta en escena de un problema que gravita en la sociedad con un grado de desprecio. Señala con puntos y comas cómo una mujer heterosexual y un hombre homosexual defienden el amor del mismo hombre; el amor del hombre que murió a causa del sida. Ella y él lanzan sus dardos por defender su espacio en la vida de ese ser que dejó huella en sus vidas. Ella y él se enzarzan en un emotivo diálogo que arranca lágrimas y aplausos encendidos, como ocurrió por ejemplo el martes 20 de marzo. Familiares, amigos y desconocidos, convocados allí por la Fundación Vida, dejaron patente su amor y respeto por cientos de costarricenses que han muerto a causa de la enfermedad, y que seguirán muriendo por la indiferencia de la sociedad. Atando cabos le enseñará el valor de la vida.


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