
Víctor J. Flury
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Cine-espejo
En mi tierra mando yo
Medio sonso, el gobernador de Idaho. Vea usted: quiere cerrar las fronteras de su Estado a los extranjeros. Dice que ya no cabe un alfiler que venga de afuera. Ni un niño de Paquistán, víctima de la guerra nuclear asiática.
La ocurrencia genera trifulcas y cuatrifulcas internacionales; y el presidente de USA, harto de reyezuelos autóctonos, prepara los tanques del caso. A su vez, grupos étnicos y sectas variopintas de variopintas regiones acuden al llamado bélico de sus jefes, mientras las cadenas de tevé atizan el fuego.
He aquí La segunda guerra civil (1997, Warner, miércoles 11), telefilme premiado en la Muestra Audiovisual de Biarritz y ganador de un Emmy (Beau Bridges, actor de reparto). Actúan, a la par de Bridges y bajo la dirección de Joe Dante, Joanna Cassidy, James Coburn, James Earl Jones y Dan Hedaya.
Muchos opinan que la obra, producida por Barry Levinson, es una variación de su largometraje Wag the Dog, un clásico acerca de la infinita capacidad de que gozan los medios a la hora de simular desastres.
No participo de dicha opinión. Creo que, igual que un teorema cuya tesis queda demostrada por reducción al absurdo, el relato concluye fijando la locura xenofóbica. "Esta es mi tierra y en mi tierra mando yo", sería el mensaje del xenófobo: de ahí, entonces, el brote polémico (incluso la histeria) que La segunda guerra civil desató en Estados Unidos y Europa.
El problema de la migración actual, pues, luce claro y distinto desde la alcoba de un cine-espejo, libre de cualquier mirada de signo ideológico; y lo más cautivador es el clima siquíco de infierno que mana de la pantalla y que surge de episodios menores, fracasos diarios o violencias reprimidas de los personajes.
Uno sospecha, además (el relato ametralla el subconciente), que todo está a la espera de un hecho, un gesto, un acto demencial que haga añicos la improbable cordura de la especie. ¡Y pensar que alguien habló, un día remoto, de sueño americano!
Se trata, sin duda, de un salto de garrocha sobre el territorio minado de un debate de nunca acabar. Debate que arde al rojo vivo en el momento mismo que usted termina de leer esta frase.
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