Magnetizadas por un líder carismático que las rescató de la miseria, las drogas y los abusos, siguieron al dedillo sus instrucciones para matar sin piedad y con gusto

 2 diciembre
El clan Manson causó terror en el verano del amor.
El clan Manson causó terror en el verano del amor.

En el verano del amor, un avatar maligno las enamoró. Aquel hombre pequeñito, afectuoso y carismático tenía el don de escucharlas. Venían de hogares disueltos y las fascinó con sus palabras mesiánicas.

Bajo su alero concibieron una familia que desataría el apocalipsis y sería el germen de un nuevo orden mundial inspirado en conceptos orientalistas, una interpretación personal de La Biblia y aderezados con rituales hippies, drogas, sexo libre y rock… sobredosis de rock.

Solo bastaron dos noches, la del 8 y 9 de agosto de 1969, para que “Satán”, “El Espíritu”, “El Anticristo”, “El Demonio” o mejor conocido en autos como Charles Manson, se convirtiera con su familia en una metáfora del crimen.

Con la paciencia de un filatelista Manson enhebró su clan de siervas. La primera acólita fue Mary Brunner, una bibliotecaria y ecologista radical de la Universidad de Berkely. Con ella, Charles creó la pareja primigenia; después atrajo a las otras: Susan Atkins, Leslie Van Houten, Patricia Krenwinkel y Linda Kasabian.

La primera vez que Charles escuchó White Album, de los Beatles, quedó en trance; profetizó que las canciones contenían una serie de mensajes codificados sobre un inminente desastre racial, y debía de fundar una familia para salvar a la civilización occidental.

Tras establecerse en 1969 en la casa de Dennis Wilson, baterista de los Beach Boys, el patriarca maduró su visión de la nueva tierra y del nuevo cielo. Tras las aniquilación de la raza blanca, a manos de los negros, La Familia sería la clase gobernante del mundo.

Mientras tanto, el clan recorrió Estados Unidos en un viejo autobús escolar, decorado con la iconografía hippie. Predicaban el amor libre y el ecologismo; con esas banderas recalaron en Los Ángeles, donde las celebridades –ávidas de emociones intensas– los recibieron como si fuera un circo.

Y como un loco hace mil, los Manson mandaron a la porra a Wilson y se marcharon al Rancho Spahn, cerca de Topanga Canyon, donde había un destartalado estudio de grabación de western y el dueño –George Spahn– vivía de alquilar caballos a los turistas.

El precio de la estadía era bastante razonable. El vejete de 80 años – si la naturaleza se lo permitía– podía mantener relaciones sexuales con cualquiera de las mujeres de la comuna.

A la espera del Armagedón, ellos se ocultarían en una ciudad llamada “El abismo” o el “Pozo sin fondo”, escondida en el desierto del Valle de la Muerte.

Charles Manson.
Charles Manson.

Las chicas perdidas. Sumergidos bajo la realidad, como en El submarino amarillo de los Beatles, las mujeres de Manson afilaban sus puñales y un gusano les roía las entrañas. Durante dos años las reclutó y cada una le hipotecó el alma.

La figura maternal del grupo fue Mary. Era nueve años menor que Charles y ella lo mantuvo en su apartamento, aunque el diablo blanco lo llenó de jovencitas y montó su propio serrallo. Tuvieron un hijo, Pooh Bear Manson, y el padre cortó con sus dientes el cordón umbilical del recién nacido.

Mary, si bien testificó en contra de La Familia, después se arrepintió y atracó una armería; robó 150 rifles para secuestrar un avión 747 y exigir la libertad de Manson, preso por instigar el crimen de Sharon Tate y sus seis amigos. Brunner quedó libre tras seis años de cárcel, se cambió el nombre, perdió a su hijo y desapareció del mapa.

A Susan Atkins la apodaron “Sexy-Sadie”, y era una psicópata que disfrutó cada una de las 16 puñaladas con que le abrió el vientre a la actriz Tate, a punto de dar a luz al hijo de Roman Polanski.

Huyó de un padre alcohólico, robó, se prostituyó y fue vampiresa en uno de los espectáculos nudistas de Anton Lavey, el famoso brujo satánico de Hollywood.

La condenaron a muerte pero le conmutaron la pena. En la prisión se casó dos veces, una de ellas con un atarantado que tenía 34 divorcios a la cola. Enfermó de un cáncer cerebral y quedó con medio cuerpo paralizado. Murió a los 61 años, pero antes se convirtió al cristianismo.

En el 2018, Patricia Krenwinkel, condenada a cadena perpetua por siete asesinatos, podrá solicitar la libertad condicional; y le dirán que no, como en las últimas 14 peticiones.

A causa de una enfermedad endocrina tenía el cuerpo cubierto de vellos, como una mujer lobo, y Manson la trató como si fuera la más hermosa. De joven padeció abusos de todo tipo, tenía la autoestima de un caracol y quería ser monja.

En prisión estudió Trabajo Social, enseñó a leer a las presas, dejó la bebida y las drogas y es una prisionera modelo. La otra ninfa del clan, Leslie Van Houten, desde los 15 años consumió LSD, benzedrinas, abortó en la casa y a los 17 años huyó del hogar; vivió en las calles hasta que se cruzó con Manson en 1968. Era la más calmada del grupo, pero mató con 14 puñaladas por la espalda a Rosemary Labianca.

El gineceo lo completó Linda Kasabian, la niñita de las colitas y el pelo lacio. Fue la renegada del grupo y se limitó a conducir los autos al lugar de las masacres; escapó del clan y dejó abandonada a su hija Dion.

Para salir libre delató a sus amigas y acabó viviendo en un tráiler, en la más extrema pobreza. Aunque La Familia fue desarticulada –con Charles y sus mujeres de por vida en la cárcel– los jóvenes vieron en Manson un líder visionario, un ídolo contracultural y un prisionero político.

La semilla del mal cayó en buena tierra y pronto dio sus macabros frutos.

Sexy Sadie

Susan Atkins fue nombrada por la prensa como
Susan Atkins fue nombrada por la prensa como "Sexy Sadie".

La más despiadada de las chicas Manson. Participó activamente en todos los asesinatos, sobre todo en el de Sharon Tate, a quien ella misma abrió en canal.

El apodo “Sexy Sadie” le cayó a Susan Atkins por un tema de los Beatles, el grupo musical preferido de la Familia Manson, que inspiró a la secta criminal más famosa del siglo XX.

Pasó de psicópata a predicadora. Tras convertirse al cristianismo, organizó en la prisión un grupo de obras de caridad, además de ser la líder espiritual de las presidiarias.