Porque no todo en la vida es la pinta, Enrique Rodríguez
White, guapo de pies a cabeza, es una cara reconocida en el país
no por cuenta de su físico, sino de la credibilidad que
ha logrado proyectar y consolidar tras casi 10 años en
la pantalla chica.
Si se quiere, Quique –como le dicen sus allegados– mantiene
un bajo perfil a pesar de ser el presentador estelar de Noticias
Repretel, una de las dos emisiones de noticias más importantes
del país.
Como dicen, una cosa es verlo venir, y otra verlo de cerca. Enfundado
a diario frente a miles en su traje formal y sus lentes de serio,
Enrique ha logrado pasar inadvertido, apenas como un vehículo,
frente a lo que para él es lo más importante: la
noticia.
Ciertamente, no es objeto de comentario diario, semanal o mensual –acaso
anual– de las columnas de críticas que pululan en
el país.
Y ahí está, quizá, su mayor credencial,
porque Enrique se supedita a realizar su trabajo como “narrador” de
noticias sin que sus gestos o editoriales intervengan en el contenido,
aunque a veces deba contener las lágrimas a duras penas
cuando de tragedias de niños se trata.
Con 40 años de edad que apenas se delatan en unas cuantas
canas indiscretas, de 1.80 m de estatura y con un físico
atlético (mitad genética y mitad gimnasio), Enrique
se percibe como un hombre sin secretos y sin complejos.
De entrada, cuenta que es el único hijo varón –y
el mayor– de tres, que su papá murió “hace
muchos años” de cirrosis, cuando tenía 44,
y que él no ha sido el hijo que quisiera porque antes
de los 20 ya había empezado a forjar su vida seria al
lado de Karla Solera.
Sin rodeos y sin penas cuenta que se casó “por torta” tras
un noviazgo de seis meses.
Veinte años después, este hombrón que bien
pudo jugar un papel de sex- symbol en un país bastante
austero en ejemplares masculinos atractivos en la televisión,
se declara incapaz de envejecer con alguien que no sea su esposa
y madre de sus tres hijos: Marcelo, de 18; Isabela, de 10, y
uno que viene en camino, pues su esposa tiene cuatro meses de
embarazo.
Criado en Tibás y educado en la escuela Buenaventura Corrales
(los mejores años de su vida, dice), volcó su rebeldía
en secundaria cuando fue matriculado en el María Inmaculada.
Nunca repitió, pero se quedó y presentó en
varias materias durante los cinco años.
Quizá porque en su fuero interno todo lo que quería
era estar en el Castella para darle rienda suelta a su talento
artístico, esa vena que luego de salir del colegio lo
hizo matricularse en arquitectura, de la que luego desertó para
graduarse en diseño publicitario, más que todo
porque la premura de su matrimonio tempranero lo urgía
a optar por una carrera más corta.
En los 20 años que siguieron, Quique se las ingenió para
mantener a su esposa y a su primer hijo en diferentes oficios,
en cuenta uno como bodeguero de la aerolínea KLM, o como
vendedor de seguros internacionales.
Frisaba los 30 cuando leyó un anuncio en el periódico
en el que requerían presentadores de televisión
para deportes, en un telenoticiario nuevo.
La verdad es que desde los 12 estaba acostumbrado a las cámaras,
pues era el chiquillo aquel que salía en un anuncio de
yoyos Coca Cola, y durante los años siguientes continuó trabajando
en diversos comerciales.
El asunto es que tras un filtro que incluyó unos 500 postulantes
en más de un año, finalmente Enrique fue escogido
como presentador de Noticias Repretel en su arranque. Su perfil
fue más adecuado para presentador principal y la idea
de los deportes quedó en la gaveta.
Después, Enrique complementó su talento para la
comunicación con el trabajo en la emisora Bésame,
del Grupo Latino de Radiodifusión Costa Rica (GLR), en
donde asume la cabina a diario por las tardes.
Su corolario vespertino, en el que libera sus propias pasiones
musicales, ocurre de 5:00 a 6:00 p. m. en La hora retro.
Y es que si hay algo que apasiona a este hijo de Libra, nacido
el 19 de octubre (modelo 64, como dice él), es la música.
Especialmente la de los 70, en la frecuencia de Led Zeppelin
y de Pink Floyd, si es en inglés, o de Serrat y Sabina.
“
Cierto, yo me quedé pegado en los 70. Especialmente con
gente que hace protesta inteligente con su música”,
cuenta el presentador, quien en sus ratos de solaz se refugia
en su cuarto e invariablemente, en sus intérpretes favoritos.
Enrique se declara, por todos los costados, un hombre de familia.
Sin tono jactancioso sino más bien natural, y con convencimiento,
asegura que ni siquiera se imagina cómo sería su
vida sin “Karlita”.
Cuenta que cuando la gente le habla de lo que se perdió al
casarse tan joven, piensa que simplemente se trata de un costo
de oportunidad. “No creo que haya sacrificado mis mejores
años, como dicen por ahí. A como yo lo veo, tener
a mis hijos y disfrutarlos como lo he hecho ha sido la mejor
forma de vivir mi juventud”.
Tremendo papá
Y es que, aunque es reacio a reconocer sus propios méritos, “se
le salió” más de una vez que se considera
un muy buen papá, el que no sabe aún lo que es
lidiar con las rebeldías de adolescencia porque dice tener
una extraordinaria comunicación con sus hijos.
Su rutina de vida es simple. Aparte de su trabajo en Repretel
y la emisora Bésame, se concentra en el tiempo para
sus hijos y en el gimnasio, al que evidentemente dedica su
buen rato
diario.
Que si lo conocen en la calle, que si no lo conocen… la
pregunta lo hace encogerse de hombros. Nunca falta quien lo reconozca
y le pida un autógrafo. Para alguien que no se siente
estrella en absoluto es extraño, pero los concede, casi
con pena, porque entiende que es parte de la idiosincrasia del
país.
En todo caso, el tema de la popularidad lo tiene sin cuidado.
Se sabe figura conocida pero también sabe que se trata
simplemente de una circunstancia que puede alargarse o acabarse
cuando sea.
En cambio, tiene claro que va a estudiar y graduarse en sicología,
una de las carreras de sus sueños.
Porque, como la canción de Sabina, su historia algunas
veces se funde con aquella del pirata cojo que, en su imaginación,
parte a vivir otras vidas.
No es que Enrique esté insatisfecho con la suya, en lo
absoluto. Pero le habría encantado, por ejemplo, egresarse
del Castella y haber prodigado sus talentos artísticos
en el campo del dibujo y el diseño desde pequeño.
Un poco en broma, Enrique Rodríguez se había resistido
a esta entrevista con este argumento: “A los ojos de los
demás, mi vida debe ser muy aburrida. No creo que tenga
algo interesante qué decir”.
Depende del cristal con que se mire.
Porque su vida transcurre entre sus pasiones absolutas: su familia, su trabajo,
su música, sus sencillas aficiones, su disfrute al invitar a sus amigos
a su casa y hacer, con su esposa, el papel del mejor anfitrión posible.
Enemigo de farandulear, se toma sus ratos para sí de vez en cuando junto
con un grupo de amigos de años con los que sale a tomarse unas cervezas
y a tertuliar por horas.
Librano al fin y al cabo, es un conversador interminable. Sobre todo si el tema
es el futbol. Y especialmente, como buen tibaseño, si se trata de su adorado
Saprissa.
Este es, a grandes rasgos, Enrique Rodríguez. El mismo muchacho serio
y sin poses que aparece todas las noches en la televisión nacional.
En privado
Nombre: Enrique Rodríguez White (No quiso revelar su
segundo nombre)
Edad: 40 años
AMA: La música
ODIA: La injusticia
DEFECTO: rencoroso
En su adultez plena, Enrique asegura que a estas alturas uno
de sus más valiosos aprendizajes es disfrutar más
el cada día, sin ofuscarse demasiado por las preocupaciones
del futuro. No es ambicioso con el dinero y vive y viste con
sencillez, aunque se esmera en prodigar lo mejor que pueda a
su familia. Es archiordenado en su casa.
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Fotografías:
José Díaz
Montaje:
Wílliam
Sánchez