Riesgo. Sin un discurso inteligente,
algunas tomas sangrientas son un estímulo visual que puede
derivar en un collage de tensión, horror y escándalo.

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Para informar en televisión hay que mostrar. Lo que
no se ve no existe. Pero recordemos que la máxima no necesariamente
implica que quien más muestra es quien más informa.
Cada vez que estalla una situación de crisis como la ocurrida
en Santa Elena de Puntarenas, suena el disparo de salida en una
carrera ecuestre entre dos televisoras que se disputan la primicia.
Estoy seguro de que ningún reportero de Telenoticias ni
ningún camarógrafo de Repretel quiere presenciar
sangre en los sucesos que cubren. Pero si el rojo surge, no perderán
la ocasión de mostrarlo primero y mejor, y más
aún, cualquier editor la reproducirá cuantas veces
sea necesario para presumir la toma exclusiva. Esa es la impresión
ante lo que salió al aire.
Uno de los episodios más decepcionantes y emblemáticos
durante la transmisión del conflicto, fue una violenta
rebatiña entre un agente policial y un grupo de camarógrafos:
uno tratando hacer respetar los círculos de seguridad,
los otros intentando violarlos. Si los índices de audiencia
están en juego, hasta el sentido común sale a pasear.
Imágenes tipo tabú, tales como las de heridos
o muertos, se excusan cuando su difusión busca formular
un mensaje determinado más allá del propio sensacionalismo.
En el caso de la cobertura de desastres naturales o de guerras,
una imagen así puede buscar un tipo de sensibilización
ante el hecho informativo que se narra.
A contrapelo de este afán de generar empatías en
las audiencias, la repetición de las imágenes de
los baleados en Santa Elena tienen el efecto contrario: el espectador
termina por experimentar indolencia frente a la toma reiterada
en demasía.
Es precisamente por esto que estas imágenes hay que usarlas
poco y bien.