Penitencia. Sirva esta columna
como un acto de contrición personal ante todo el rosario
de placeres culposos de nuestra televisión cotidiana.

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Hay gustos que terminan sabiendo amargos en la conciencia.
Abundan, y son en los que, probablemente citando mal el pensamiento
freudiano, el ego primero nos empuja a satisfacer nuestras más
básicas pulsiones, y luego la conciencia moral nos reprime
el pecadillo cometido.
Como televidentes consumamos uno a cada nada. Los deleites agrios
televisivos, son los que nos damos ante la vista de programas
que de alguna manera insultan nuestra modesta razón, pero
que, aunque sea por unos instantes, no podemos dejar de ver.
Contemos entre ellos, por ejemplo, el sintonizar por más
de dos minutos A Todo Dar. Dentro de esa ventana de infinitos
segundos puede más la mirada disipada a la chica del baile
incendiario, que la conciencia de que el programa es más
malo que la sarna.
Otro pecadillo lo podríamos encontrar en la fascinación
por eso que llaman "entretenimiento informativo", presente
ahora en casi todos los noticiarios. El fenómeno se manifiesta
en aquellas "notas" que disfrazan de información
cualquier liviandad, o viceversa. Ojos que lo vean abundan: todos
comentan después lo mala que fue la nota, pero nadie la
dejó de ver. La lista de vistazos televisivos que terminan
en remordimiento es extensa.
Débil soy yo, y débiles también son, en
mayor o en menor grado, muchos televidentes. Los productores
televisivos saben de esta flaqueza y la explotan, ideando programas
que representan el opuesto de los valores que, tal vez hipócritamente,
sus espectadores consideran como propios.
Afortunadamente, en la mayoría de casos el lapsus de tentación
no da para tanto, y no hay ojos que aguanten tanta mala tele.
Gracias a la providencia, finalmente podemos dar el perillazo.