ZAPPING
 

San José, Costa Rica, del 6 al 13 de febrero de 2005.

Zapping

El mercadeo de la malacrianza
Darío Chinchilla Ugalde
Da_chinchilla@yahoo.com

 

Revestida en un halo de inocencia, la publicidad infantil es un arma altamente sofisticada. Ante una competencia cada vez más feroz, las empresas comerciales y los genios de la creatividad publicitaria, buscan maneras más agresivas de llegar a sus maleables consumidores.

Prueba de ello es que cualquier niño en tiernas edades puede reconocer más pronto cuando se acerca a un McDonald's que cuando se aproxima a la casa de los abuelos.

¿ Cómo convencer a un padre para que le compre a su hija una hamburguesa con un valor nutritivo cercano al de una bola de cebo? ¿Cómo hacer para que una mamá acepte pagar el doble por una piyama solamente porque tiene estampados a los personajes de moda en la televisión?

En principio las preguntas están mal planteadas. La pregunta adecuada sería ¿cómo hacer para que los párvulos lloren y pataleen por estos productos?

Alguna luz sobre el asunto nos lo da una historia aparecida en el documental La Corporación, que nos cuenta cómo, en una siniestra cadena de manipulación, los anunciantes abordan a los niños para que ellos molesten a sus padres por sus productos.

En Estados Unidos, donde la publicidad infantil ha alcanzado proporciones de peste, en 1998 se desarrolló una investigación llamada The Nag Factor (El Factor Fastidio). En ella se pidió a un grupo de padres llevar un diario por tres semanas, en donde anotarían cada vez que el pequeño molestaba por un producto, informando cuándo lo hacía, en qué lugar y por qué.

El estudio reveló que del 20 al 40% de las compras de artículos infantiles no se hubiera dado si el niño no hubiera molestado por ellos. Pero lo más escalofriante del asunto es que el sondeo no se desarrolló para ayudar a los padres a lidiar con la malacrianza de sus retoños. Los datos de la investigación se usaron para enseñar a las corporaciones a lograr que los niños y niñas rueguen más efectivamente por sus productos.
"Se puede manipular a los consumidores para que quieran y compren los productos. Es un juego", comentó Lucy Hughes, una de las promotoras de la investigación. Y agregó: "si se construye una relación con ellos cuando son más jóvenes, los tendremos cuando sean adultos."
Ojo al Cristo, que la felicidad de un mocoso no viene con cubiertas chocolatosas, ni la de una niña con la Casa de los Sueños de Barbie.

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