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Revestida en un halo de inocencia, la publicidad infantil es
un arma altamente sofisticada. Ante una competencia cada vez
más feroz, las empresas comerciales y los genios de la
creatividad publicitaria, buscan maneras más agresivas
de llegar a sus maleables consumidores.
Prueba de ello es que cualquier niño en tiernas edades
puede reconocer más pronto cuando se acerca a un McDonald's
que cuando se aproxima a la casa de los abuelos.
¿
Cómo convencer a un padre para que le compre a su hija
una hamburguesa con un valor nutritivo cercano al de una bola
de cebo? ¿Cómo hacer para que una mamá acepte
pagar el doble por una piyama solamente porque tiene estampados
a los personajes de moda en la televisión?
En principio las preguntas están mal planteadas. La pregunta
adecuada sería ¿cómo hacer para que los
párvulos lloren y pataleen por estos productos?
Alguna luz sobre el asunto nos lo da una historia aparecida en
el documental La Corporación, que nos cuenta cómo,
en una siniestra cadena de manipulación, los anunciantes
abordan a los niños para que ellos molesten a sus padres
por sus productos.
En Estados Unidos, donde la publicidad infantil ha alcanzado
proporciones de peste, en 1998 se desarrolló una investigación
llamada The Nag Factor (El Factor Fastidio). En ella se pidió a
un grupo de padres llevar un diario por tres semanas, en donde
anotarían cada vez que el pequeño molestaba por
un producto, informando cuándo lo hacía, en qué lugar
y por qué.
El estudio reveló que del 20 al 40% de las compras de
artículos infantiles no se hubiera dado si el niño
no hubiera molestado por ellos. Pero lo más escalofriante
del asunto es que el sondeo no se desarrolló para ayudar
a los padres a lidiar con la malacrianza de sus retoños.
Los datos de la investigación se usaron para enseñar
a las corporaciones a lograr que los niños y niñas
rueguen más efectivamente por sus productos.
"Se puede manipular a los consumidores para que quieran
y compren los productos. Es un juego", comentó Lucy
Hughes, una de las promotoras de la investigación. Y agregó: "si
se construye una relación con ellos cuando son más
jóvenes, los tendremos cuando sean adultos."
Ojo al Cristo, que la felicidad de un mocoso no viene con cubiertas
chocolatosas, ni la de una niña con la Casa de los Sueños
de Barbie.