VICIO. A fuerza de atragantar
a la audiencia con los rostros, la industria del entretenimiento
crea en ella la necesidad ficticia de saber más sobre
sus astros.

JACKSON. Ejemplo al pelo. |
Estamos en tiempos en los que nos sentimos más cercanos
a la vida y milagros de Jennifer López, que a la de Miguel
el de la verdulería de la esquina.
La "sociedad de
la información" nos mete a nuestras casas a gente
con la que probablemente nunca nos vamos a cruzar, pero que terminamos
por reconocer incluso mejor que a nuestros excompañeros
de colegio. A fuerza de topárnoslas en cada anuncio, película
o serie televisiva terminan creándose conectes ficticios
con esas personas de la farándula, el deporte o la política,
con sus respectivos lazos de empatía o repudio.
Tanto es así que las estrellas de la cultura derivan
en objetos noticiosos. A fuerza de atragantar al público
con esos rostros día tras día, la industria
del entretenimiento finaliza creando en sus audiencias una
necesidad
ficticia de obtener más y más información
sobre sus astros.
Esto sirve tanto cuando estas personalidades están en época
de vacas gordas como cuando las plagas les caen del cielo.
Probablemente uno de los casos más hiperbolizados de
este fenómeno, en el ámbito estadounidense, ha
sido la cobertura del proceso judicial contra Michael Jackson,
el
muy venido a menos Rey del Pop. El show tiene todos los
tintes para convertirse en un espectáculo de fenómenos.
En el mundo mediatizado, ya no hace falta ir a las ferias
para sorprenderse ante la vista del hombre elefante.
No se moleste
señora, ahora nosotros le llevamos las rarezas hasta la
comodidad de su hogar, no más encienda la tele y asómese
un tantito a la vida de Michael.
El morbo, ese inconfesable deseo de perturbarnos, continúa
inmutable. Lo que ha cambiado es la forma en la que
los dueños
de la feria nos traen los escándalos.