Al arribar a su residencia en Villas de Ayarco, lo encontramos
atareado en sacar varias fotocopias para uno de sus clientes,
en su mayoría vecinos de esa populosa zona residencial
del este de la capital
Hablamos de Rodolfo Araya Martínez, quien, además
de actor, desde hace 15 años redondea la economía
familiar con la venta de abarrotes, carne, frutas y verduras
en el abastecedor de su propiedad.
Aquella tarde de sábado vestía un sencillo pantalón
de mezclilla, zapatillas color café, grandes anteojos
y una camisa blanca, como la de los clásicos anuncios
comerciales de detergente.
Una cálida y amplia sonrisa fue la primera señal
de que Rodolfo dista mucho de parecerse al personaje que lo ha
hecho popular: el viejo cascarrabias de don Pedro, de la serie
La Pensión.
Una vez desocupado, nos invitó a subir a un pequeño
balcón, en donde los fines de semana estudia el guión
que cada lunes y martes de la semana cobra vida cuando el elenco
de artistas de la teleserie se reúne para grabar un nuevo
capítulo.
Sentados en unos cojines que yacían sobre el suelo, comenzó la
amena charla.
Las respuestas a nuestras interrogantes fueron desgranando una
carrera que se inició cuando, a los 23 años de
edad, Rodolfo, bajo la tutela del argentino Alfredo Catania,
obtuvo un papel en Historias para ser contadas, de Osvaldo Dragún.
Dos años atrás su padre y actor, Rodolfo Araya
Borge, lo había lanzado al mundo artístico al conseguirle
una participación en una telenovela de canal 4 llamada
El diario de una niña, de producción costarricense.
De aquella primera experiencia don Rodolfo recuerda que la serie
duró solo un año y durante ese tiempo nadie recibió un
cinco de salario. Más bien entre todos aportaban para
la escenografía, la utilería y el vestuario.
Otro detalle, ahora impensable, es que ante la carencia del
recurso técnico para grabar los capítulos, la serie
debía transmitirse en vivo.
"Se me quería salir el alma", cuenta el actor
sobre la sensación que se apoderaba de él cada
vez que sacaban al aire un capítulo con un par de ensayos,
y sin la posibilidad de repetir ninguna escena.
Tras descartar el trabajo de oficina, hacer las veces de vendedor
y abandonar una sociedad que poseía en una fábrica
de candelas, el actor pudo aterrizar en el lugar donde habitaban
sus sueños.
La Compañía Nacional de Teatro le permitió poner
en práctica su verdadera vocación, no sin antes
pagar lo que dan en llamar el derecho de piso. Durante cinco
años ocupó allí el puesto de jefe de utilería,
a la espera de una oportunidad.
La oportunidad vino acompañada, pues luego se abrirían
para él las puertas de muchos otros escenarios como el
Teatro Carpa, La Comedia, El Ángel, Lucho Barahona y el
Laurence Olivier, lugares en donde llegó a sumar las más
de 150 puestas en escena que acumula en su carrera.
Entre ellas don Rodolfo recuerda La Fiaca, Romeo y Julieta,
Macbeth, El Jardín de los Cerezos y Mi Madrina, de Carlos
Luis Fallas.
Muchos años fueron quedando regados sobre las tablas
hasta alcanzar la hoja del almanaque que marcaba diciembre de
1998, año en que Rodolfo Araya recibió una llamada
del productor Óscar Castillo para ofrecerle un papel en
una nueva serie de televisión llamada La Pensión,
el cual aceptó de inmediato.
De aquel elenco inicial, solo él, Eugenia Fuscaldo (doña
Tere) y Manolo Ruiz (Paco) se mantienen vigentes en la popular
comedia que cumple ya un récord de permanencia al aire
para una teleserie costarricense.
El personaje. Decíamos al principio de la semblanza,
que de buenas a primeras percibíamos a Rodolfo Araya con
una personalidad muy distinta a la de don Pedro.
Pero, ¿qué piensa Rodolfo de su personaje?
"Don Pedro es un hombre solo que tuvo una madre castrante,
terrible. Es empleado del Ministerio de Hacienda, y en el fondo
es una persona buena, cariñosa, pero lleno de frustraciones
que hacen que se comporte de esa manera, tan recto y moralista".
Curiosamente, esos rasgos de intolerancia y mal carácter
que convierten a don Pedro en el antihéroe de los habitantes
de La Pensión, producen un efecto inverso en el público,
cuando de Rodolfo se trata.
Eso lo comprueba a diario con las muestras de afecto y simpatía
que recibe de la gente, y en especial los niños, que lo
llaman “don Pedro”.
- ¿Está preparado para el día que deba "enterrar" a
don Pedro?
La pregunta lo toma por sorpresa. "No... no estoy preparado",
contesta . "Nunca lo había pensado...", añade
meditabundo.
Sencillamente un hombre feliz
Rodolfo Araya Martínez, de 55 años de edad, está casado
con Susan Cedeño y tiene cuatro hijos: Silvia y Rónald,
ambos casados; Luis Diego, de 18 años, y el menor, Jorge
Eduardo, de apenas cinco.
Nació en México, pero vive en Costa Rica desde
los cuatro años. De joven cursó estudios para convertirse
en sacerdote, vocación que desechó cuando dejó el
colegio Don Bosco, se compró una moto y encontró novia.
Seguidor de la filosofía tibetana, vive el precepto de
no hacer a otros lo que no desearía para él.
Amante de la naturaleza, se califica a sí mismo como
una persona jovial y tímida a quien le encanta relacionarse
con la gente.
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Fotografías:
José Díaz