La televisión si acaso nos permite conocer la parte más visible
de su personalidad. Podemos ver la seriedad y firmeza de su carácter,
sí, pero lo mejor de ella –su yo más íntimo– apenas
se asoma con timidez detrás del lente.
En el plano profesional, no hay lugar para las dudas. El aplomo con que presenta
las noticias y el olfato de buena periodista se han visto plasmados en reportajes
de investigación de gran factura, con lo cual pone en evidencia que la
experiencia acumulada a lo largo de casi una década en Telenoticias de
canal 7, no ha sido en vano.
Por eso, hablar hoy de Lilliana Carranza Rodríguez, es hablar de una profesional
que conoce bien su oficio y cuya juventud permite vislumbrar para ella un futuro
prometedor.
Esta elegante morena de cabello negro lacio y ojos chispeantes es oriunda de
Palmares y la segunda de tres hermanos.
Hija de Domingo Carranza y Grace Rodríguez, Lilliana creció feliz
hasta que quiso el destino teñir de gris una infancia que a sus 11 años
de edad, solo conocía el color rosado.
La muerte de su padre la marcó para siempre, aunque a leguas se nota cómo
la ausencia física de su progenitor ha sido compensada, no solo por los
buenos recuerdos que de él guarda, sino por sus perdurables enseñanzas.
De su mamá, dice haber heredado la sensibilidad, al igual que de su abuelita
doña Carmen, quien fuera maestra de escuela y todavía hoy, con
86 años de edad, sigue siendo el pilar de la familia.
Tras superar el trauma de la pérdida de su padre, Lilliana se empeñó en
dibujar su futuro con trazos firmes.
Alumna ejemplar del colegio de Palmares, en quinto año tomó la
decisión de convertirse en periodista.
A paso firme
Sus primeras armas las hizo en el Semanario Universidad.
Posteriormente realizó la
práctica profesional en un microinformativo llamado Antena 6, hasta que
el ojo avisor de Greivin Moya de canal 7 la descubrió y, como jefe de
información de Telenoticias, le arregló una entrevista con el entonces
director, Guido Fernández.
A Fernández debió haberle causado una buena impresión la
joven aspirante, pues pasó por alto el que ella llevara solo un lente
en sus anteojos (con los nervios que tenía Lilliana ni se percató del
detalle) y el que a priori ella rechazara cubrir la fuente de sucesos.
Un mes más tarde la muchacha palmareña mudaba sus petates de la
Uruca a La Sabana, y como suele decirse en estos casos, forzados por el cliché,
lo demás es historia.
Desde entonces Lilliana ha cubierto primordialmente las fuentes de política
y servicio y en la actualidad se especializa en la elaboración de notas
y reportajes de investigación, y en el área de economía.
Ú
ltimamente ha destacado en la cobertura y destape de los casos de corrupción
en que figuran como imputados y sospechosos altas figuras de la política
nacional.
Tras obtener una maestría en Administración de Negocios, hace dos
años, su crecimiento profesional se hizo cada vez más notable.
También reconoce el efecto positivo que han tenido en su carrera algunos
comunicadores como Guillermo Fernández, Ignacio Santos y Pilar Cisneros.
Se sabe parte del grupo de periodistas que en estos momentos “están
escribiendo historia”, pero ante todo siente la responsabilidad de contribuir –desde
su trinchera– con el necesario reacomodo de la estructura política
del país.
En el plano personal, Lilliana cada vez le da más importancia a la familia
y sus amigos del alma. Uno de sus grandes placeres consiste en visitar su tierra
natal cada domingo, llevar a su mamá a misa de 11, y luego visitar a la
abuela para –ojalá– disfrutar de un buen arroz con leche.
Lilliana vive con su hermana Alejandra y recién comienza una relación
amorosa que, asegura, la tiene muy ilusionada.
A propósito de su carácter, aclara que es fuerte, pero no chichosa. “No
me enojo muy frecuentemente, pero sí memorablemente”, confiesa.
“
Muy en el fondo de lo que pueda parecer soy muy sensible, frágil y dulce”,
agrega, aunque esa faceta suya está reservada para la gente que de verdad
la conoce.
A Lilliana le encanta la música, la poesía, y las tertulias musicales.
Una buena conversación, compartir con sus amigos un sushi, una sopita
mejicana y escuchar buenas canciones, son su gran desvelo.
Para concluir, Lilliana Carranza revela su gran disyuntiva: ella añora
tanto formar una familia como cursar una maestría en el extranjero, y
no sabe si ambas cosas serán compatibles.
En cualquier caso, le deseamos la mejor de las suertes. Una mujer como ella,
bien se la merece.
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