
Darío Chinchilla Ugalde
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Antena en extinción
Darío Chinchilla Ugalde
Da_chinchilla@yahoo.com
Hace poco más de una semana, la sección de economía de La Nación retomó una cifra de la Encuesta de hogares del 2003, la cual revela que una de cada cinco viviendas en Costa Rica (204 mil casas) ya tiene televisión por cable. El oligopolio de las compañías que prestan este servicio es un negocio boyante y seguirá en franco crecimiento, como lo comprueba el hecho de que más de 44 mil familias quieren suscribirse. Incluso, el estudio arroja que 6.500 familias del segmento de las más pobres del país tienen acceso a cable. Todo indica que, a la par del pan y los huevos, los programas extranjeros ya se volvieron productos de primera necesidad.
A primera vista, esto pareciera revelar que la tele por señal abierta (esa que se recibe por la antena del techo o por la de conejo) está perdiendo cada vez más la capacidad de capturar la atención de los ticos.
Pero con una reflexión más aguda y al practicar un ejercicio de memoria de lo que hemos visto a través del tiempo en la tele "nacional", no es difícil percatarse de que desde hace rato éramos suscriptores de cable, pero que no lo sabíamos. Desde que tengo memoria, las televisoras ticas nos han estado acostumbrando, sistemática y abrumadoramente, a los programas traídos desde el extranjero. La cantidad de enlatados que se ofrecen en los canales nacionales siempre ha sido abundante, y la apuesta por la verdadera televisión nacional nunca ha sido comparable, en cantidad, con la de producciones que vienen desde afuera.
La televisión abierta no ha sido más que un entrenamiento para que el televidente luego se apunte al cable. La posterior suscripción a este sistema de tele es una mera formalidad, pues la migración cultural hacia la preferencia por los productos audiovisuales del extranjero se dio hace ya rato.
Lo que nos dice este fenómeno es que la mayor amenaza para un canal nacional, de perder sintonía, ya no es su competencia local, sino su competencia internacional. Y las televisoras nacionales parecen aceptarlo con indolencia: siguen llenando su programación con lo mismo que las puso en desventaja, los enlatados extranjeros, los cuales de paso, son ya material añejo en la programación por cable. Peleada así, es una contienda perdida desde el inicio.
La verdadera ventaja competitiva de la televisión abierta es su potencial de promover producción propia y de calidad. La capacidad está, la plata está, la gente está. Lo único que hace falta es la confianza y la voluntad.
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