26 febrero, 2015
Una visitante usa un selfie stick el Museo de Historia Natural de Nueva York.
Una visitante usa un selfie stick el Museo de Historia Natural de Nueva York.

Nueva York

En un famoso ensayo de laboratorio, un chimpancé llamado Sultán unió dos varas que encajaban una con otra y bajó un premio elusivo, un racimo de plátanos que colgaba fuera del alcance de su mano.

Casi un siglo después, ansiosos turistas han realizado su propia versión del experimento. Equipados con un extensor de cámara conocido como "selfie stick", ocasionalmente llamado "la varita del narcisismo", ahora pueden estirarse para tomar halagadores autorretrato en CinemaScope dondequiera que vayan.

Los museos de arte han observado con nerviosismo este acontecimiento, temiendo que se haga daño a sus colecciones o a otros visitantes, ya que los usuarios hacen oscilar sus extensores con descuido. Ahora están emprendiendo acciones. Uno por uno, los museos en todo Estados Unidos han estado imponiendo prohibiciones al uso de los selfie sticks para fotografías dentro de las galerías (añadiéndolas a las reglas existentes sobre paraguas, mochilas, trípodes y monópodes), otro ejemplo más de cómo controlar a las muchedumbres se ha vuelto parte de la misión de los museos.

El Museo y Jardín de las Esculturas Hirshhorn en Washington prohibió los extensores recientemente, y el Museo de las Bellas Artes en Houston planea imponer una prohibición. En Nueva York, el Museo Metropolitano de arte, que ha estado estudiando el tema por algún tiempo, acaba de decidir que, también, prohibirá lo selfie sticks. (Pronto se colocarán nuevos letreros.)

"A partir de ahora, se les pedirá discretamente que los guarden", dijo Sree Sreenivasan, director digital del Met. "Una cosa es tomar una fotografía desde lo largo el brazo, pero cuando es la longitud de tres brazos, se está invadiendo el espacio personal de alguien más".

El espacio personal de otros visitantes es solo un problema. Las obras de arte es otro.

"No queremos tener que poner el arte bajo cristal", dijo Deborah Ziska, la jefa de información pública en la Galería Nacional de Arte en Washington, que ha estado aplicando discretamente una prohibición sobre los selfie sticks pero está en proceso de añadirla formalmente a sus lineamientos impresos para los visitantes.

La última pero no la menor es la amenaza para el operador de la cámara, concentrado en capturar la toma perfecta pero que se olvida de lo que le roea.

"Si la persona no está poniendo atención en el Templo de Dendur, puede terminar en el agua con la escultura del cocodrilo", dijo Sreenivasan. "Tenemos demasiados balcones de donde pueden caer, y escaleras en las que pueden tropezar".

En el Met en un jueves reciente, Jasmine Adaos, usuaria de un selfie stick y originaria de La Serena, Chile, expresó desilusión.

"Es solo otro producto", dijo. "Cuando se tiene una cámara común, es lo mismo. No veo el problema si uno es cuidadoso".

Pero Hai Lin, una estudiante procedente de Shandong, China, admitió que el museo pudiera tener la razón.

"Puedes golpear a la gente cuando pasa", dijo.

Generalmente, la toma de autorretrato no es meramente tolerada, sino alentada. Los museos de arte concluyeron desde hace tiempo que los autorretratos ayudan a los visitantes a vincularse con el arte y crean publicidad gratuita para el museo. Cuando Katy Perry visitó la exhibición de Magritte en el Instituto de Arte de Chicago el verano pasado e hizo un recorrido para tomarse un autorretrato frente a "American Gothic" de Grant Wood, el museo cosechó un beneficio publicitario después de que la imagen fue publicada en Pinterest.

El Museo Whitney de Arte Americano, en su retrospectiva de Jeff Koons el año pasado, distribuyó tarjetas proclamando, en mayúsculas, "¡Koons es grandioso para los autorretratos!" e instaba a los visitantes a publicar su obra en Instagram.

Así que los autorretratos están bien; los extensores están mal. Pero mal en teoría, no en hecho, ya que muchos funcionarios de museos en Estados Unidos reconocen que han experimentado pocos casos reales de uso de selfie sticks, o, en algunos casos, ninguno. Para el Hirshhorn y el Mueso de Arte Contemporáneo de Chicago, que no han registrado un solo avistamiento, la prohibición es una medida preventiva. Mientras tanto, en el Tate Modern y la Galería Nacional en Londres, y el Louvre en París – dos ciudades donde los turistas asiáticos, en particular, han hecho del selfie stick una parte altamente visible del paisaje urbano – los extensores siguen estando permitidos.

El selfie stick se originó con un inventor canadiense llamado Wayne Fromm, quien sacó una patente en 2005. Con la llegada de Facebook, Twitter y YouTube, el extensor se propagó como fuego por todo el sudeste asiáticos y más allá. En Corea del Sur, los selfie sticks se llegaron a usar tanto que el gobierno intervino, dictaminando que lo selfie sticks con tecnología de Bluetooth eran dispositivos de comunicación y debían ser certificados. Cualquiera que use un extensor ilegal puede ser multado y encarcelado hasta por tres años. Luego siguió la difusión hacia el oeste, conforme emprendedores europeos y estadounidenses retomaban la tendencia.

Nadie sabe cuántos selfie sticks existen.

Noah Rasheta, cuya compañía de accesorios fotográficos, iStabilizer, ha producido 150.000 selfie sticks desde 2011, dijo: "No se debe culpar al producto, es el comportamiento de la gente que lo usa". Si los museos piensan en los autorretrato como una forma gratuita de publicidad, argumentó, deberían alentar a los visitantes a tomar una mejor fotografía, la cual refleje la calidad de las obras de arte y su escenario.

Los museos siempre han pasado apuros con un conflicto intrínseco: cómo exponer sus colecciones al número máximo de visitantes mientras protegen sus tesoros inapreciables. Sus esfuerzos generalmente están codificados en un conjunto de lineamiento, algunos universales – no tocar las obras de arte, no fumar, no introducir alimentos, no hablar por teléfono celular – y algunas bastante particulares.

En el Museo de Arte Kimbell en Fort Worth, Texas, se recuerda a los visitantes que no pueden sacar armas. El Instituto de Arte de Chicago no permite flores, paquetes envueltos o globos. (Si tiene un globo, debe ser revisado.) incluso la regla No. 1 – no tocar las obras de arte – tiene variantes. Se pide a los visitantes que permanezcan distanciados 30 centímetros en el Kimbell, 60 centímetros en el Museo de Arte de Cleveland. Los lineamientos en el Museo Nelson-Atkins en Kansas City, Missouri, incluyen la siguiente solicitud: "Por favor espere hasta estar fuera para estallar en piruetas de alegría".

Los no son compensaos por los sí sorprendentes. El fotógrafo Abe Frajndlich hizo una vez una visita al Museo de Arte Moderno con os cámaras Leica digitales y una bailarina de Butoh japonesa, Minami Azu, cubierta de maquillaje blanco y usando un brillante kimono rojo. Mientras ella improvisaba una actuación en respuesta a las obras de arte a su alrededor, Frajndlich la fotografiaba. Solo cuando una alta elevación de la pierna abrió el kimono de Azu se acercó un guardia.

"Me dijo: 'Señor, no tenemos problema con que fotografíe a su amiga aquí, pero tenemos un problema con que quede expuesta ante nuestros visitants'", recordó Frajndlich.

El impulso artísticos tiende a ser abierto e inclusivo. Todos los museos contienen al menos parte de este ADN; de ahí los meses de deliberación que le llevó al Met emitir un no más bien renuente.

En el espíritu de la curiosidad científica, Sreenivasan, el director digital del museo, compró un selfie stick en Walgreens para experimentar él mismo. Lo llevó consigo en viajes recientes a los Emiratos Árabes Unidos y Europa, donde vio, con alarma, montones de extensores en los atractivos turísticos y museos.

Sin embargo, mantuvo la mente abierta. "Si resultaba que el extensor servía a algún propósito grandioso, lo defenderíamos", dijo. "Pero no es así".