15 octubre, 2014
Millones de personas comparten a diario información personal en distintos servicios.
Millones de personas comparten a diario información personal en distintos servicios.

Imagine un mundo repentinamente sin puertas. Ninguna en su casa, en los vestidores, en la entrada de la taberna local o incluso en las casetas de los baños en las salas de concierto. Las autoridades al mando dicen que si uno no está haciendo nada malo, no debería importarle.

Bueno, ese es esencialmente el estado de la situación en Internet. No hay privacidad. Si esos anuncios espeluznantemente dirigidos en Google no le habían dado idea de esto, entonces seguramente las revelaciones de Edward J. Snowden o, más recientemente, los autorretratos al desnudo de Jennifer Lawrence le pusieron bastante en claro su vulnerabilidad al fisgoneo cibernético.

Solo necesita leer “1984” de George Orwell o ver la película “Minority Report” para comprender cómo la vigilancia es incompatible con una sociedad libre. Y cada vez más, la gente está llegando a comprender cómo sus datos en línea pueden ser usados en su contra. Quizá no consiga un empleo, un préstamo o una cita debido a un tuit indiscreto o si su domicilio en Google Street View muestra la chatarra de su cuñado en el camino de entrada a su casa. Pero menos obvio es el costo síquico de los actuales datos a disposición de todos.

“Con toda la atención puesta en los aspectos legales de la privacidad y el impacto sobre el comercio mundial, ha habido poca discusión de por qué uno quiere privacidad y por qué es intrínsecamente importante para uno como individuo”, dijo Adam Joinson, profesor de cambio conductual en la Universidad del Oeste de Inglaterra en Bristol, que acuñó el término “hacinamiento digital” para describir el contacto social excesivo y la pérdida de espacio personal en línea.

Quizá esa es la razón de que no haya acuerdo sobre lo que constituye información privada. Varía entre culturas, géneros e individuos. Además, es difícil argumentar a favor del valor de la privacidad cuando las personas comparten ansiosamente tanta información dolorosamente personal en las redes sociales.

Pero la historia de la privacidad (definida laxamente como la libertar de no ser observado) es de estatus. Quienes son registrados en una institución por comportamiento criminal o mala salud, los niños y los pobres tienen menos privacidad que quienes son honorables, sanos, maduros y ricos. Piense en edificios de departamentos hacinados contra mansiones detrás de altos setos.

“La implicación es que si no la tienes es que no te has ganado el derecho o no eres capaz o no eres digno de confianza”, dijo Christena Nippert-Eng, profesor de sociología en el Instituto de Tecnología de Illinois en Chicago y autora de “Islands of Privacy”.

Así que no es sorprendente que la investigación de la privacidad en entornos en línea y fuera de Internet haya demostrad que simplemente la percepción, ya no digamos la realidad, de ser observados resulte en sentimientos de baja autoestima, depresión y ansiedad.

Si es observada por un supervisor en el trabajo o por amigos en Facebook, la persona se inclina a amoldarse y demuestra menos individualidad y creatividad. Su desempeño en las tareas sufre y tienen frecuencias cardiacas y niveles de hormonas de estrés elevados.

Una analogía en la literatura sicológica es que la privacidad es como dormir. Simplemente estar inconsciente durante una parte del día es reconstituyente, también lo es ser natural. La agitación asociada con ser observado y el juicio implícito drena los recursos cognitivos. Nos preocupa cómo somos percibidos, lo cual inhibe nuestra capacidad para explorar nuestros pensamientos y sentimientos de manera que podamos desarrollarnos como individuos.

Un estudio alemán de tres años que terminó en 2012 demostró que entre más revelaban las personas de sí mismas en redes sociales, más privacidad dijeron desear. La autora del estudio, Sabine Trepte, una profesora de sicología de medios en la Universidad de Hohenheim en Stuttgart, dijo que la paradoja indicaba la insatisfacción de los participantes con lo que reciben a cambio de dar demasiado de sí mismos.

“Es un mal trato porque lo que reciben es principalmente apoyo informativo como quizá un consejo sobre un restaurante o un enlace a un artículo”, dijo. “Lo que no reciben es el tipo de apoyo emocional e instrumental que conduce al bienestar, como un hombro sobre el cual llorar o alguien que se siente al lado de su lecho en el hospital”. Y, sin embargo, añadió, continuaron participando porque temían quedarse fuera o ser juzgados por otros como perdedores desconectados y no involucrados.

Así que el ciclo de revelaciones seguidas por sentimientos de vulnerabilidad e insatisfacción general continuó.

“También existe la idea en nuestra sociedad de que si simplemente me degrado lo suficiente puedo ser la próxima Snooki o Kardashian”, dijo Anita L. Allen, autora de “Unpopular Privacy: What Must We Hide?” y profesora de derecho y filosofía en la Escuela de Derecho de la Universidad de Pensilvania. “Hay un verdadero incentivo financiero para que no les importe y lo muestren todo”.

El problema es que si uno revela todo sobre sí mismo o es descubrible con una búsqueda en Google, quizá se vea reducida su capacidad de intimidad. Esto se remonta a la teoría de la penetración social, una de las explicaciones de la conexión humana más citada y experimentalmente validada. Desarrollada por Irwin Altman y Dalmas A. Taylor en los años 70, la teoría sostiene que las relaciones se desarrollan a través de la autorrevelación gradual y mutua de información privada y personal sensible.

“Forjar y mantener una relación perdurable e intima es un proceso de regulación de la privacidad”, dijo Altman, ahora profesor emérito de sicología en la Universidad de Utah. “Se trata de abrir y cerrar fronteras para mantener la identidad individual pero también demostrar unidad con otro, y si hay violaciones, entonces la relación se ve amenazada”.

Aunque de otra manera, la información sobre uno mismo es como una moneda de cambio. La cantidad que uno gasta en una persona significa cuánto se valora la relación. Y esa persona le compensa del mismo modo. Esa es la razón de que uno sienta como un robo cuando alguien cuenta sus secretos o los extractores de datos unen las piezas de su historia personal –usando sus hábitos de navegación, compras en línea y redes sociales– y la venden.

Y también es la razón de que si uno derrocha información sobre uno mismo, tenga muy poco de valor que ofrecer a alguien realmente especial. “Tengo que decir, también, que hay un cierto tipo de vanidad y egocentrismo que se refleja en dar todo sobre uno mismo”, dijo Allen. “Pensar que de algún modo todo lo que uno hace es necesario compartirlo en línea es presuntuoso y falso”.

El Congreso de Estados Unidos se ha mostrado poco inclinado hasta ahora a proteger a los ciudadanos de su promiscuidad digital o frenar la recolección de datos perpetrada por las compañías de Internet. Los estados han hecho algunos movimientos como la ley de California para permitir que los menores borren las publicaciones en redes sociales, pero expertos legales, incluida Allen, dicen que estas medidas están lejos de ser suficientes. Y aunque la Unión Europea está presionando para permitir a sus ciudadanos el “derecho a ser olvidados”, es cuestionable cómo se logrará eso.

Pero investigadores de la privacidad dicen que están empezando a ver signos de una reacción negativa. La gente está empezando a ejercer un poco más de reserva en línea o de algún modo se están involucrando en tácticas subversivas para frustrar a los extractores de datos. Esos pequeños actos de desafío podrían incluir establecer múltiples identidades falsas, usar una red privada virtual para proteger su conducta de navegación y no “dar me gusta” a cualquier cosa en Facebook o seguir a cualquiera en Twitter, haciendo que sus redes sociales y preferencias sean más difíciles de rastrear.

“Cuando la gente quiere privacidad, a menudo surge esta idea de que 'Oh, están ocultando algo sucio’, pero realmente están tratando de conservarse para sí mismos”, dijo Nippert-Eng. Da el ejemplo de un hombre de 65 años de edad que en su juventud albergó la fantasía de ser una estrella de rock y aún pasa horas practicando felizmente con su guitarra en el sótano: “No quiere que nadie lo sepa, porque no quiere que alguien se lo arruine”.

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