24 septiembre, 2014
Aldo Watanave utiliza un drone para tomar fotos del Cerro Chepén, en Perú.
Aldo Watanave utiliza un drone para tomar fotos del Cerro Chepén, en Perú.

Chapén, Perú

Un pequeño helicóptero controlado a distancia zumbó sobre las antiguas ruinas en la cima de una colina aquí, tomando cientos de fotografías. Debajo, muros de piedra construidos hace más de mil años por la civilización moche daban paso a una red de paredes de adobe erigidas apenas recientemente por lo que funcionarios dijeron eran especuladores de tierras.

“Este sitio está amenazado por todas partes”, dijo Luis Jaime Castillo Butters, el viceministro de patrimonio cultural de Perú mientras piloteaba la aeronave teledirigida.

Arqueólogos alrededor del mundo, que han dependido desde hace tiempo de las herramientas clásicas de su profesión, como la pala de jardinería y el peso de plomada, ahora están recurriendo a la tecnología moderna de las aeronaves teledirigidas para defender y explorar sitios en peligro.

Y quizá en ninguna parte el cambio está ocurriendo más rápidamente que en Perú, donde Castillo ha creado una fuerza aérea de naves teledirigidas para mapear, monitorear y salvaguardar los tesoros antiguos de su país.

Las aeronaves teledirigidas marcan “un antes y un después en la arqueología”, dijo Castillo, quien también es un prominente arqueólogo y uno de una docena de expertos que explicarán el uso de los llamados “drones” en una conferencia en San Francisco el año próximo.

En el remoto noroeste de Nuevo México, los arqueólogos están usando aeronaves teledirigidas equipadas con cámaras de toma de imágenes térmicas para rastrear los muros y pasadizos de un asentamiento de mil año de antigüedad en el Cañón de Chaco, ahora sepultado debajo de la tierra.

En Medio Oriente, los investigadores las han empleado para vigilar contra los saqueos. “El sondeo aéreo en el sitio está permitiendo la identificación de nuevos pozos de saqueo y determinar si alguno de los hoyos de los saqueadores ha sido visitado de nuevo”, dijo Morag Kersel, arqueóloga de la Universidad DePaul en Chicago que es parte de un equipo que usa las aeronaves teledirigidas en Jordania e Israel.

Perú, con su asombrosa concentración de riqueza arqueológica, es repentinamente suelo fértil para probar esta nueva tecnología.

Arqueólogos utilizan un drone para tomar fotos del Cerro Chepén, en Perú.
Arqueólogos utilizan un drone para tomar fotos del Cerro Chepén, en Perú.

El país se ha vuelto un sitio de moda para la investigación conforme los arqueólogos en Medio Oriente y otras partes ven su trabajo interrumpido por la intranquilidad.

Pero en Perú encuentran otro tipo de conflicto. Aquí, luchan por proteger el patrimonio arqueológico del país de los ocupantes ilegales y los traficantes de tierras, que a menudo se apropian de las propiedades a través del fraude o las conexiones políticas para lucrar con los crecientes valores de los terrenos.

Expertos dicen que cientos, quizá miles, de sitios antiguos están en peligro por esa invasión.

Las aeronaves teledirigidas pueden hacer frente al problema, de manera rápida y barata, ofreciendo vistas aéreas de las ruinas que pueden ser convertidas en imágenes tridimensionales y mapas altamente detallados.

Los mapas son usados luego para registrar legalmente los límites protegidos de los sitios, una especie de delimitación que puede citarse en los tribunales para evitar el desarrollo o castigar a quienes dañen las ruinas construyendo de cualquier manera. “Aunque varios expertos están utilizando las aeronaves teledirigidas en sus investigaciones individuales, ningún otro país está usando sistemáticamente los drones para administrar y proteger sus sitios”, dijo Lawrence Coben, fundador de la Iniciativa de Preservación Sustentable, una organización sin fines de lucro que ofrece oportunidades económicas a comunidades pobres en las cuales se ubican sitios arqueológicos.

La invasión se ha vuelto un motivo de preocupación en particular en las grandes ciudades como Lima o Cuzco, cerca de Machu Picchu, la ciudadela inca, donde los valores de los terrenos han subido constantemente conforme la población aumenta y la economía sigue en auge.

Muchos peruanos se sintieron consternados el año pasado cuando trabajadores que usaban maquinaria pesada demolieron ilegalmente una pirámide de 4.000 años de antigüedad en Lima para dar paso a un posible desarrollo. “Lima ha crecido a un punto en que los únicos terrenos que quedan son zonas arqueológicas”, dijo Castillo, quien también es profesor de la Pontifica Universidad Católica del Perú.

Aunque su trabajo se ha enfocado en el pasado remoto, Castillo está fascinado por los dispositivos y la nueva tecnología.

Empezó a experimentar con aeronaves teledirigidas hace unos dos años, al comprar un drone de 100 dólares de Sharper Image. Ahora tiene un escuadrón de ocho, todos helicópteros miniatura que cuestan entre 1.500 y 20.000 dólares. Espera añadir pronto 20 naves más.

Las aeronaves teledirigidas, dijo, “resuelven el primer dilema de la arqueología”. “Finalmente uno puede volar siempre que quiera, a donde uno quiera, en cualquier ángulo, para cualquier cosa que quiera y obtener la grandiosa fotografía que siempre pensó uno que tomaría”, dijo.

Momento de revelación

El momento de revelación para Castillo ocurrió en 2012, mientras daba clases en Suecia, donde investigadores estaban trabajando con un poderoso programa computacional de elaboración rusa que podía mezclar cientos de fotografías en una imagen compuesta de 3-D.

Castillo se dio cuenta de que, al introducir sus fotografías de las aeronaves teledirigidas en el programa, podía producir imágenes tridimensionales increíblemente detalladas y claras de templos antiguos, fortificaciones y sitios funerarios.

Cuando se le solicitó el año pasado que se convirtiera en viceministro de cultura con jurisdicción sobre la arqueología, trajo consigo su naciente fuerza aérea, usando las aeronaves teledirigidas en las ciudades pero también en áreas más remotas como ésta, conocida como Cerro Chepén, un extenso sitio en la costa norte de Perú que data de alrededor del año 850 DC y las últimas etapas de la civilización moche.

Aunque los inmensos muros de piedra aquí quizá no sean tan sofisticados como los de algunos sitios posteriores como Machu Picchu, siguen siendo impresionantes.

Señalando a una ladera cercana, Castillo dijo que el año pasado un equipo de sondeo pasó dos meses, a un costo de miles de dólares, trazando un mapa del área usando métodos convencionales.

Ahora, con una aeronave teledirigida, él cubre un área similar en menos de 10 minutos. Una vez que carga las fotos en un programa computacional, puede tener un mapa al día siguiente. “Entre más rápido produzcamos los mapas, más partes del sitio vamos a poder salvar”, dijo.

Las aeronaves teledirigidas tienen algunos inconvenientes. Sus baterías duran apenas seis minutos. El polvo común en los sitios arqueológicos, especialmente en el desierto costero de Perú, puede ensuciar el equipo. La tarea que tienen por delante es abrumadora.

Mucho trabajo por delante

Perú tiene unos 100.000 sitios de importancia arqueológica, aunque expertos reconocen que es poco más que una suposición. De ellos, solo 2.500 han sido mapeados en alguna forma y solo unos 200 están totalmente inscritos en registros públicos debido a cuestiones de dinero y de personal.

“Tenemos una montaña de trabajo que realizar y un presupuesto muy pequeño”, dijo Nohemí Ortiz, quien dirige la oficina responsable de registrar los sitios, “pero tenemos que empezar en algún lado”.

Recientemente, su trabajo los llevó a Pimentel, una localidad de playa en el Pacífico donde hace unos 700 años una aldea pesquera ocupaba una elevada extensión de arena. La arena en una visita reciente estaba cubierta de artefactos, piezas de alfarería, un trozo de cerámica que representaba el morro de una criatura felina, piedras con muescas alguna vez usadas como pesos de pesca y grandes trozos de coral que quizá alguna vez hayan marcado el perímetro de las casas.

Pero una gran área de arena en torno al montículo y quizá partes del montículo mismo, fueron recientemente aplanadas con equipo pesado. Había estacas clavadas en la arena en lo que parecía ser un esfuerzo por establecer límites de propiedad.Los arqueólogos del gobierno descubrieron la invasión cuando llegaron a trazar el mapa del sitio con métodos convencionales.

Carlos Wester de la Torre, un arqueólogo que dirige el cercano Museo Arqueológico Nacional Brüning, dijo que parecía que los líderes locales habían empezado a dividir en parcelas la zona de playa para aprovechar el creciente valor de los terrenos. “Pienso que querían alterar esto para poder decir que no valía nada”, dijo del daño causado al sitio, “como si tomaran un libro y arrancaran las páginas para que ya no se pueda leer la historia”.

El equipo de Castillo había llegado justo ese día. Pronto una de sus aeronaves teledirigidas estaba sobrevolando zumbando, registrando lo que quedaba de la prehistoria local antes de que, también, sea arrasada.

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