Por: Juan Fernando Lara 1 marzo, 2013

PeriodistaDespués del smarthphone , el perro es la compañía inteligente más usada aquí.

Los más chiquitos van en brazos de sus dueñas en el metro y en las calzadas de Barcelona llevan el lomo cubierto con chaquetas cuando la temperatura cae a unos 4 grados Celsius.

Hasta los mendigos tienen. Con una mano piden ayuda y la otra descansa sobre la cabeza del amigo fiel echado al lado.

Imprescindibles las bolsitas de plástico para juntar las gracias caninas sobre la acera.

Empero, ahí queda sin limpiar la franja amarillenta visible entre las faldas de los edificios y el caño cuando sueltan un chorrito en plena vía.

Hay labradores, bulldogs, pugs, terrier, yorkie, zaguate de pura cepa y pequineses cuyo endemoniado carácter es igual a ambos lados del Atlántico.

Mire por donde guste y verá a un perro paseando a su dueño quien va atado a un teléfono inteligente el cual revisa cabeza hacia abajo mientras fuma.

Van a sus anchas y tienen tiempo de olisquear todo con la agudeza y cuidado de un fabricante suizo de relojes.

Seguro por sentirse a gusto y queridos ni ladran, ni se sobresaltan cuando unos y otros se topan. Se olisquean colas y narices amistosos sin ladrarse.

Sin embargo, ahí frente a un canijo callejero sacudo la cabeza mientras sacó fuera de mí mente esta furia inusual que me asalta con un deseo de romperle las piernas a quien envió a la muerte, sin ojos y en la más pavorosa agonía, al perro Toby.

Me calmo. Más violencia es inútil. Ahora me imagino en casa abrazando a nuestros adorados y adorables canes: Princesa, Pancho, Pinky, Maya, Laica, Puka, Jacko y mi gata Rosita Jr.

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