Por: Juan Fernando Lara 28 febrero, 2013

PeriodistaLos tontos entienden a señas o a patadas. Voy en el primer vagón, pero desde ahí uno ve a los vecinos hundir las pezuñas; algunos hasta la ingle.

Todos observan el teléfono o tableta en sus manos, en el habitual ritual de reconocimiento diario de los “signos vitales” de la identidad propia y ajena.

Pocos, no obstante, lo hacen caminando al entrar al campo ferial del Congreso Mundial Móvil. Si hubiera tenido a mano la cámara para agarrar a la nena que besó el poste de hierro, el video sería viral en segundos.

El orden impera cuando se va por la escalera eléctrica. Aprendés a acomodarte a tu derecha y así el paso a la izquierda se libera para quien se mueve apurado.

En esta manada de gente hay quienes hacen presa por desconocimiento de la práctica o desdén por el tiempo ajeno.

La mayoría desayuna y almuerza a las mismas horas. Así, los baños luego colapsan en rangos horarios invariables cuando llama la madre naturaleza.

Fuera del ferial, brotan las piñas de fumadores cuyas bocas convertidas en chimeneas elevan su clásica y blanca canción. Aquí ese vicio está tan metido como la pobreza en Haití.

Da gusto toparse a españoles y españolas bien pasados los 40 o en edad colegial ganándose la vida recogiendo basura, mostrando productos, sirviendo comida u orientando a quien vino a este remolino de e stands , cables de acero y alfombras suaves. Afuera, las marchas de desempleados y los abuelos que piden limosma han sido la oración diaria sobre el asfalto helado en las últimas noches catalanas.

Esos trazos en las esquinas también se enmarcan en este colorido lienzo de tablets, smartphones y sonrisas falsas.

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