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Óscar Portuguez se presentará hoy en el TEDx Pura Vida 2013

El fuego sacó de las aulas a un antropólogo y lo hizo bombero

Actualizado el 21 de febrero de 2013 a las 12:00 am

Oficio ‘le viene de familia’ pues abuelo fue fundador de la Estación de Cartago

Bombero cuenta vivencias ante llamas y cómo se comportan las personas

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El fuego sacó de las aulas a un antropólogo y lo hizo bombero

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                         Desde hace cuatro años, Óscar Portuguez labora en la Estación de Bomberos de Pacayas de Alvarado, Cartago. | JEANNINE CORDERO
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Desde hace cuatro años, Óscar Portuguez labora en la Estación de Bomberos de Pacayas de Alvarado, Cartago. | JEANNINE CORDERO

Quizá lo observó en la misma naturaleza: un rayo que en medio de la tormenta incendió un tronco o una gota que funcionó como lupa para que un puñado de hojas secas alzaran en llamas; lo cierto es que con el fuego llegó el conocimiento al Homo erectus .

Su calor le permitió adentrarse en fríos lugares donde nunca había estado, haciéndolos su hábitat; pudo defenderse de depredadores y cocer los alimentos, cambiando así sus costumbres.

“Desde que apareció el fuego, como homínidos, no solo desarrollamos conocimiento, sino que cambiaron cuestiones fenotípicas como la mandíbula y los dientes, aprendimos a cocinar y con ello empezó la cultura culinaria. Alrededor del fuego, para calentarse, iniciaron las relaciones sociales y familiares”, explica Óscar Portuguez y añade: “El fuego tiene mucho significado para el ser humano”.

Puede que lo diga como antropólogo; tal vez quien habla es aquel chiquillo cartaginés que se emocionaba con la sirena de la Estación de Bomberos, que quedaba a unos cuantos metros de su casa.

Barrio de ‘apagaincendios’. “Como todo chiquillo, siempre quise ser bombero”, dice Portuguez, quien labora en la Estación de Bomberos de Pacayas de Alvarado y es expositor del TEDx Pura Vida 2013 .

Su abuelo, Bernardo Portuguez Calderón, fue fundador de la Estación de Bomberos de Cartago y, aunque no lo conoció porque murió en 1959, sus historias terminaron siendo las suyas. “Con él empezó la chispa que se fue encendiendo poco a poco”, cuenta.

En la calle donde creció también vivían otros cinco bomberos. “Eso también influyó . Me gustaba verlos correr cuando sonaba la sirena, ya después me tocó a mí”.

Aparte de jugar con la cadena que resguardaba a los camiones, se unió a los bomberos infantiles y ya en el colegio realizó el trabajo comunal en la estación del barrio.

“Aquí, al Cuerpo de Bomberos, la gente entra por vocación. Este trabajo se ama, uno le agarra cariño a la institución”, dice.

Sin embargo, Portuguez también es realista y desmitifica su oficio. “Todos tenemos familia y uno no debe exponerse a un accidente, para eso tenemos protocolos de seguridad; pero desde que se entra a la estación se asume que en cualquier momento puede pasar algo. Con mucho gusto se asume ese riesgo... el riesgo de no volver. Aquí, y en cualquier parte del mundo, a los bomberos nos mueve el mismo compromiso”.

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Antropología del fuego. Cursó la carrera de Antropología en la Universidad de Costa Rica (UCR) y quizá eso le permite ver otras cosas.

Si era tan beneficioso, ¿en qué momento el fuego se nos salió de las manos? “Como vimos que destruía, lo convertimos en un arma y, desde las primeras civilizaciones, lo utilizamos para doblegar al enemigo”, comenta.

“Se dice que los bomberos aparecieron –ya como organización– en el Imperio Romano. Uno de los emperadores empezó a quemar casas y comercios, pero él mismo tenía un grupo de bomberos que cobraba por apagar los incendios. Por dicha, ese lucro no se extendió y ahora a los bomberos nos mueve la mística, se ayuda sin importar quién es, ni de dónde viene”.

Para enfrentarse al fuego hay que conocerlo, entenderlo. “Cuando se llega a un incendio, hay que ver cómo se mueve y comporta. De hecho, parece que tiene vida e incluso que respira cuando busca oxígeno para crecer”.

Para Portuguez, enfrentar el fuego es cuestión de estrategia. “La mente del ser humano tiene que ser más fuerte. Cuando está pegado o chúcaro, la estrategia es avanzar. Jamás podemos echarnos para atrás, porque eso puede significar una vida o más casas destruidas. Si avanza un paso, nosotros cinco”.

Una vez le tocó apagar un incendio en Pacayas. Este se dio en una casita de madera, muy humilde, perteneciente a dos adultos mayores. “En el cuarto tenían una pared con fotos de cuando eran novios, se casaron... y ver esas fotos chamuscadas, me impresionó. Esa era su vida. Un incendio puede destruir lo material, pero también lo espiritual. Creo que les dolieron más las fotos que el televisor quemado”.

¿Qué es lo primero que saca la gente? “La mayoría sacan los televisores, las computadoras, las tabletas... el consumismo y quizá quedaron otras cosas con una mayor carga simbólica”, contesta.

Hay excepciones. “Una vez, atendiendo un incendio en la cuesta del Fierro en Tres Ríos, un muchacho como de 18 años –que había perdido todo– se nos acercó para agradecernos. ‘Eso es material, eso se repone’, fue lo que nos dijo”.

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Usted, ¿qué sería lo primero que rescataría? “Si no estuviera mi papá, el uniforme de bombero, porque con él puedo apagar ese incendio y, por cuestiones sentimentales, diría que la fotografía de mi mamá”.

En medio de todo, el bombero debe estar calmo. ¿La gente se apoya emocionalmente en ustedes? “Sí, supongo que se sienten como abrigados, protegidos”.

Al terminar la labor, Portuguez dice que tratan de involucrar a la comunidad para alivianar la tensión y, por eso, invitan a los niños a que les ayuden con las mangueras.

Al igual que sucede en la vida, tras un incendio no queda más que renacer de las cenizas.

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Michelle Soto M.

msoto@nacion.com

Periodista de Ambiente

Redactora en la sección Aldea Global. Periodista graduada en la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre temas ambientales. Recibió los premios Innovación para el Desarrollo Sostenible (2011) y Periodismo Agrícola y Desarrollo Rural (2012).

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