Sucesos

Reclusas de El Buen Pastor tienen salón atendido por compañeras

La belleza también importa entre rejas

Actualizado el 26 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Internas se hacen cortes de cabello, tintes y planchado para recibir parientes

Amplia clientela demanda servicios que prestan cuatro prisioneras estilistas

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La belleza también importa entre rejas

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El vaho que emana del pelo húmedo cuando va cediendo ante el calor de la secadora se impregna en las reclusas y custodias.

Los minutos que aún faltan para que la presa Diana Quiñones reciba a su primera clienta del día le dan tiempo para acicalarse un poco.

Diana espera, mientras su compañera de turno, Xinia Araya, ya trabaja, plancha en mano, en alisar el cabello de Amalia Pitty, otra de las reclusas.

Diana y Xinia están recluidas en el área de indiciadas de la cárcel El Buen Pastor, en Desamparados.

Son las dos encargadas de atender a esa población en un aspecto de primordial interés para casi toda mujer: la belleza.

El negocio es rentable, según dicen: ¢1.000 por un corte de cabello, ¢2.000 por un blower , otros ¢2.000 por planchado y ¢4.000 por aplicar un tinte.

Además de ellas, otras dos presas atienden a la población con condena, que es la mayoría.

Una reclusa más se encarga de los tratamientos en uñas, pero esos son menos requeridos.

En total, en El Buen Pastor hay más de 800 prisioneras. A falta de presupuesto para que las pongan más guapas, muchas desisten de ir al salón de belleza de la prisión.

De todos modos, las ocho manos de las estilistas se quedarían cortas para asistir a tantas mujeres, según confiesan ellas mismas, por lo que, usualmente, hay espacios reservados para las clientas frecuentes.

Un trabajo digno. Es viernes, son las 11:30 a. m. y Diana espera.

Su primera clienta del día no llegó pues tuvo que atender el área de salud.

Que las reclusas falten a las citas no es usual y mucho menos un viernes. Por el contrario, ese es el día de mayor demanda pues el fin de semana habrá visitas de parejas, familiares y amigos, “y ellas quieren estar lindas”, dicen las estilistas.

Pero esta vez, ante un imprevisto, la primera clienta no llegó.

Diana y Xinia iniciaron su jornada a las 11 a. m. Antes de eso, las otras dos estilistas atendieron a las presas sentenciadas.

Los días entre semana se los dividen, porque las dos poblaciones no pueden estar en el mismo sitio.

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Pero, de lunes a viernes, de 8 a. m. a 4 p. m., el salón se mantiene abierto.

El viernes, Xinia y Diana recibirían a unas 10 clientas cada una.

“Yo trabajé por 20 años como estilista cuando estaba afuera, y vea, terminé haciendo esto mismo, pero encerrada. Uno, por necesidad, comete errores, pero yo estoy feliz de tener este trabajo aquí, porque puedo ayudar a mi familia”, cuenta Xinia, quien acaba de ser condenada a siete años de prisión.

“La clientela es muy buena”, agrega con una risa.

Marielos Chaves, directora del centro, explicó que el salón de belleza es parte de las opciones de las reclusas para laborar, pero deben cumplir algunos requisitos y hacer fila para ingresar.

Un escape. La sonrisa amplia y blanca de Diana brilla en medio del pequeño salón, de unos cinco metros de largo.

Ella es negra, alta y hermosa; y espera, no solo a sus clientas, sino que, desde hace 15 meses, espera una audiencia pues está en prisión preventiva como sospechosa de tráfico de drogas.

Antes, “afuera”, también era estilista. Y es madre. De hecho, a su segunda hija la tuvo en prisión.

Desde hace cuatro meses, la posibilidad de trabajar en la cárcel llegó para Diana.

“Es una oportunidad muy linda, porque vieras que una tiene muchas depresiones aquí y esto lo desestresa, se va saliendo de la idea de que una está presa”, cuenta.

Según explicó Marielos Chaves, el objetivo de estas y otras actividades es que la estadía de estas mujeres sea muy cercana al mundo de afuera.

“Ellas se sienten bien, contribuyen, es como ‘hago lo que me gusta, puedo estar afuera (de las celdas) y ayudo a los demás’”, comentó.

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