En la tripulación del Airbus 320, donde viajaba el Papa, iba un costarricense. En realidad era griego, un griego oriundo de Alajuela. Manfred Porras Barrantes rememora con especial cariño la ocasión en la que no solo conoció al Papa viajero, sino que además lo atendió.

Por: Arturo Pardo V. 27 abril, 2014

De sus 104 viajes fuera de Italia, el número 97 fue el último en que Juan Pablo II visitó el continente americano.

El itinerario incluía tres destinos: Canadá, Guatemala y México DF, y el viaje se extendió del 23 de julio al 2 de agosto del 2002.

En la tripulación del Airbus 320, donde viajaba el Papa, iba un costarricense. En realidad era griego, un griego oriundo de Alajuela. Manfred Porras Barrantes rememora con especial cariño la ocasión en la que no solo conoció al Papa viajero, sino que además lo atendió.

Fue el único tico en una tripulación conformada por un miembro de cada país en los que tenía operaciones la aerolínea Taca (ahora Avianca).

Los pasajeros iban acomodados en tres espacios. El de atrás era el de los periodistas que acompañaban la misión papal. Delante de ellos, iban sentados los cardenales, mientras que adelante se ubicaba la cabina papal, integrada por Juan Pablo II y seis acompañantes. En el avión también viajaba un equipo médico y había un banco de sangre.

 Manfred Porras Barrantes rememora con especial cariño la ocasión en la que no solo conoció al Papa viajero, sino que además lo atendió.
Manfred Porras Barrantes rememora con especial cariño la ocasión en la que no solo conoció al Papa viajero, sino que además lo atendió.
"Se le sentía una fuerte santidad; parecía un hombre de gran responsabilidad".

Porras, quien hoy tiene 50 años, recuerda haberse encontrado con una figura visiblemente cansada y notoriamente silenciosa. La imagen, sin embargo, no le apagó la emoción ni a él ni al resto de compañeros. “Yo no esperaba verlo tan cansado, pero sí lo entendí por su edad avanzada y por la cantidad de viajes que había hecho durante su papado”, dice.

Su secretario le leía, le hacía las solicitudes de alimento y bebidas, y llevaba el control de quiénes se movían y acercaban a su alrededor. Sin embargo, en medio de aquella rigurosidad y de un estricto protocolo, el anciano Papa dejó bien impresionado al nacional: “Se le sentía una fuerte santidad; parecía un hombre de gran responsabilidad”.

Al final del recorrido, en México –el último de los destinos– , el Papa le dedicó tiempo a cada uno de los miembros de la tripulación.

Hoy Manfred es jefe de cabina y todavía no termina de creerse aquel encuentro. “Le pedí que bendijera a mi familia y lo hizo en español. A mí y a todos los compañeros, nos obsequió un rosario, un libro con las estampillas del pontificado de él y un llavero. Todo lo recuerdo con mucha emoción”.