Cuarenta años atrás, Richard Nixon renunció a la presidencia de los Estados Unidos. El mandatario número 37 dejó el cargo el 9 de agosto de 1974 por el escándalo Watergate

Por: Arnoldo Rivera J. 10 agosto, 2014

A Richard M. Nixon le colgaron el cartelito de mentiroso en la campaña de 1950 para el Senado de los Estados Unidos.

Venticuatro años después, Tricky Dicky era el presidente de la nación..., pero lo atraparon con las manos en la masa en actos de espionaje.

Juró y rejuró que no tenía nada que ver; pero el peso de la evidencia demostró, no solo que estaba al tanto, sino que estaba detrás de la trama.

Como enseña la sabiduría popular: “La mentira tiene piernas cortas”.

Nixon se vio obligado a dimitir del cargo más poderoso del mundo, para evitar un juicio político y porque cada vez estaba más aislado: la Oficina Oval nunca fue un sitio más solitario que en aquellos días de 1974.

El 8 de agosto de ese año, Nixon anunció su renuncia al cargo de presidente de los Estados Unidos, obligado por el escándalo Watergate .

De esta manera, se truncó su segundo mandato. A la fecha es el único presidente estadounidense que renunció a su puesto. Su carrera política se había acabado.

Al mediodía del 9 de agosto de 1974, Gerald R. Ford juró como el 38° presidente de los Estados Unidos.

Un apunte al margen: Ford era vicepresidente de Nixon desde octubre de 1973, cuando tomó el puesto luego de que Spiro Agnew se viera obligado a dimitir por acusaciones de sobornos, blanqueo de dinero y evasión fiscal.

La mitad del famoso epígrafe de Charles Dickens en Historia de dos ciudades resumiría acertadamente a la administración Nixon: “Era el peor de los tiempos”.

Aunque no debió ser así...

En 1972, el presidente gozaba de enorme popularidad, obtendría un rotundo triunfo electoral y una enorme victoria diplomática al establecer relaciones con la China comunista de Mao.

Sin embargo, en junio de ese 1972, el destino tuvo un quiebre decisivo.

Un simple robo

El 17 de junio de ese 1972 , cinco tipos irrumpieron en el complejo Watergate, en el que el Comité Nacional Demócrata tenía sus oficinas.

Capturados, resultó que uno de ellos tenía conexiones con la Casa Blanca; específicamente con el Comité de Reelección de Nixon.

Los reporteros del Washingon Post Carl Bernstein y Robert Woodward tomaron la noticia, y una nota de rutina acerca de un simple robo, sencillamente, destapó un serio entramado de espionaje y mentiras.

Tal si fuese una tragedia shakesperiana, los personajes empezaron a caer, uno por uno.

Imagen sin titulo - GN
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Para julio de 1974 –con renuncias, destituciones, audiencias, órdenes de la Suprema Corte y un Nixon (a pesar de sus negativas), cada vez más implicado–, el Senado estaba listo para iniciar el impeachment (juicio político) contra el mandatario número 37 de los Estados Unidos; el hombre que tal vez haya estado más preparado para ejercer ese cargo (algo en lo que coinciden numerosas fuentes y estudios).

Gran hermano

Nixon vivió convencido de que en 1960, John F. Kennedy le robó la elección presidencial. Jamás pudo superar esa derrota, la más estrecha en la historia estadounidense.

En 1968, ganó la presidencia, por un margen cerrado, y eso lo convirtió en un hombre con una desconfianza tal que se podía calificar de paranoia.

Llenó de micrófonos la Oficina Oval y grabó todas las conversaciones.

Esas cintas fueron la prueba final de que Nixon había armado toda una red de espionaje –contra propios y extraños–.

La irrupción a las oficinas demócratas en Watergate era parte de ese juego de espías construido por Nixon y su más íntimo círculo de colaboradores : Bob Haldeman, John Ehrlichman, Gordon Liddy, E. Howard Hunt, entre otros.

Una red de la que el presidente número 37 de los Estados Unidos siempre negó estar enterado. Aquellas cintas demostraron que Nixon había ordenado el encubrimiento de Watergate.

La Oficina Oval nunca había sido un lugar tan solitario como en los días finales de la presidencia de Nixon.

Para abril de 1973 ya tenía una certeza: estaba metido en verdaderos problemas.

El hundimiento

“Cuando Nixon le aceptó la renuncia Ehrlichman y Liddy, lloró. Lloró no solo porque apreciara la lealtad de ambos; lloró porque sabía lo que ellos sabían, sabía que los fiscales irían tras ellos por información. Sabía que esa información lo derribaría a él”, explicó Larry Sabato –director el Centro de Política de la Universidad de Virginia– en un artículo publicado en el Times-Dispatch de Virginia.

Nixon tomó la decisión de renunciar el 7 de agosto de 1974.

El primero en saberlo fue el vicepresidente Ford. Este luego le otorgó un perdón presidencial y lo salvó, así, de ir a la cárcel.

A las 9:01 p. m. del 8 de agosto de 1974, el presidente número 37 de los Estados Unidos habló por televisión (se vio en otros países, incluida Costa Rica) para anunciar su renuncia. Esta se hizo efectiva el 9, al mediodía.

“Nuestra constitución trabaja. Nadie está por encima de la ley”, proclamó el único presidente estadounidense en irse por esa vía.

Como dice el refrán: “Haz lo que digo, no lo que hago”.

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