5 octubre, 2014

Doña Argentina siempre decía que su receta para alcanzar las bodas de oro junto a don Raúl, fue que desde el primer año de casados durmieron en cuartos separados. “¡El viejo ronca como un buey!”, refunfuñaba. Vivieron siempre en el barrio de mis abuelos, y la recuerdo repitiendo que durante buena parte de sus cincuenta y tantos años de feliz vida matrimonial, prefirió guardar su secreto de camas, que era también su fórmula infalible para la sana convivencia. “Nadie nunca lo entendió pero así fue como nosotros nos arreglamos. Mi propia madrina nos decía que vivíamos en pecado”, la oí contarle a mi madre alguna vez. Que en paz siga descansando.

Mis amigos David y Juliana fueron un paso más allá y el año pasado cuando se casaron, en lugar de comprar casa compraron dos apartamentos en el mismo piso del mismo edificio. “Cada uno tiene su espacio personal y los dos tenemos ambos espacios en común”, tuvieron que explicarle a medio mundo, porque si algo sobró fueron cuestionamientos. La feliz pareja dice que tienen “lo mejor de dos mundos”, y les funciona. Son esposos que marcan. Leonor y Marco, en cambio, viven y –hasta donde sé– duermen juntos, pero decidieron que no van a tener hijos. Están bien, solos, invierten su tiempo y dinero en viajar, y en continuar sus carreras profesionales, pero cargan la misma cruz: explicar una y mil veces eso que decidieron porque sí.

Mi colega Dinia construyó su casa este año. En lugar de dedicar espacio a una sala, hizo un salón para hacer yoga. “Yo las visitas las recibo en la cocina, y si algo quiero compartir con quienes vienen, es el yoga, ¿por qué ‘tengo’ que tener una sala?”, razonaba. Su familia todavía no entiende el concepto de casa sin sillones.

Tinta fresca
Tinta fresca

Por fortuna me sobran los ejemplos. La pareja de ancianas en Naranjo acostumbrada a oír decir que son dos solteras “que se acompañan”, para no tener que explicar que son novias y que juntas se van a morir. Mi estimado Julián y su esposa que pudiendo procrear decidieron adoptar, ante la confusión de familia y amigos. O María Fernanda y Carlos cuya hija menor mostró desde sus primeros años sobresalientes habilidades para el fútbol, y en lugar de regalarle barbies y vestirla de rosado, le han estimulado su talento cuanto han podido. La abuela vive escandalizada.

Todos gente cómoda en su propia piel, haciendo lo que decidieron, y desafiando lo que se suponía debían hacer. “Pensamos que 'normal' equivale a abundante, a habitual, a mayoritario. Pero no; en realidad, nos remite a la norma, a la ley, al mandato social”, escribía Rosa Montero uno de estos días en su columna de El País.

Leyéndola caí en cuenta de que, desde siempre, me cautiva la gente “anormal”. La que no sacrifica energía, felicidad, realización, ni placer para ajustarse a convenciones, costumbres, y estándares. Al castrante mandato social.

Son los que nos incomodan, nos descolodan y nos confunden. Los que deciden transgredir lo esperable para volverse extraordinarios, aún en los asuntos más cotidianos. Los que encuentran y defienden su propia fórmula. Los que descubrieron temprano que no hay camino...