He ocultado lo que soy sin mis amigos, sin mi gente, que en esencia es nada.

Por: Danny Brenes 4 septiembre, 2016

Oh baby, baby.

Solo tomo el micrófono una vez en la noche: cuando suena la canción de Britney, que me sé de memoria, la que mis amigos piden por mí porque sienten que la noche no estaría completa si yo no cantara Baby, one more time , la que yo dejo que ellos pidan por mí porque los siento, a mis amigos, más cercanos que antes.

Tomo el micrófono, única vez en la noche, y lo sostengo con más que firmeza: casi con enojo, como si alguien me lo fuera arrebatar. Eso es, precisamente, lo que siento en el fondo: que alguien me va a arrebatar este momento, pronto o tarde.

No recuerdo cuándo comenzamos a ir al karaoke de Jessie, la china, con la religiosidad –que sería rutina si no la pasáramos tan bien, sábado tras sábado– de ahora, pero no pudo haber sido hace mucho, porque este grupo de amigos no era grupo cuando este año comenzó.

He ahí por qué sostengo el micrófono con enojo: ¿habrá grupo de amigos cuando este año se termine? La historia me dice que no. Mi historia me dice que no.

Ya no me río con Eunice, ya no juego Fifa con Diego, ya ni siquiera voy a la rocola con Steven. Todo tan efímero, tan pasajero.

My loneliness is killing me.

Mis amigos se van a marchar, y eso no es algo triste: es algo que aliento, porque sé que será bueno para ellos. Christian se casará y se reproducirá en múltiplos impares; Peraza desaparecerá en la jungla sudamericana; Angélica se convertirá en una estatua milenaria en algún tempo de Nepal; Andrea hará dibujos en alguna urbe primermundista.

Ilustración: Dominick Proestakis
Ilustración: Dominick Proestakis

Ya no canto: grito Britney y pienso en los destinos de mis amigos, y me siento genuinamente feliz por ellos, aunque sé que eso implicará cambios que me asustarán. Pero más me asusta pensar que por todo lo claro que veo el futuro de mis amigos, el mío no existe. No es borroso, ni complicado. Es inexistente.

Bebo otro trago de cerveza y agarro el micrófono con pánico, porque siento que de no hacerlo me hundiría despacito pero sin poder evitarlo, sostengo el micrófono y canto y bailo mi metódica, limitada coreografía que mis amigos aprecian y engaño el pulso: imagino que estoy tranquilo para poder tranquilizarme.

Show me how you want it to be.

Ya no recuerdo los sábados en que no íbamos donde Jessie, la china, a cantar y beber, ni tampoco recuerdo los sábados cuando no había un nosotros que fuera a cantar y beber donde Jessie, la china. Lo que no sé es si no recuerdo porque he olvidado, o no recuerdo porque he ocultado. He ocultado lo que soy sin mis amigos, sin mi gente, que en esencia es nada.

No sé por qué en ocasiones, mientras sujeto el micrófono con pavor y canto tell me baby cause I need to know now, rodeado de mis amigos y de los amigos que hemos hecho, y de desconocidos, y de Jessie, la china, me siento más solo que nunca. O, más bien, como al borde de la soledad: como si yo estuviera de pie frente a un precipicio, uno en el que sé que, en algún momento u otro, voy a caer. O voy a saltar. No sé.

Pasa esto: que los nudos más fuertes de mi vida, todos, uno por uno, por razones distintas, se han desecho con el tiempo.

Tal vez no he superado que mi mamá se muriera. Tal vez no he superado que, iniciando octavo año, me separaran de mis compañeros del colegio y ya nunca más volviera a formar parte de un grupo de amigos estable. Tal vez no he superado que Fabiola tuviera novio cuando la conocí, o que yo tuviera novia cuando conocí a Mafe.

Tal vez esas cosas no se superan. Tal vez uno solo aprende a ocultarlo todo, a pensar en otras cosas, a aferrarse al micrófono como si fuera la última cosa en el mundo que lo mantiene a uno vivo, lo mantiene a uno cuerdo.

Hit me, baby, one more time.

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