“Aquí, en Bélgica, Dios y Smets se dieron cuenta y eso tiene que ser suficiente para cualquiera”.

Por: Fernando Durán Ayanegui 13 abril, 2014

Mi francés verbal es pésimo porque carezco totalmente de oído, y peor me va con la música. – Decuasa yitil ?– oí que me decía mi director de tesis. “¿Qué es la cosa?”, traduje y acerté, de modo que pasé a explicarle que había encontrado una raíz de sequoia atravesada en mi camino porque los resultados de mis dos últimos experimentos diferían radicalmente del resto de la serie que constituiría el núcleo de mi tesis de grado, y, como ya me quedaba poco tiempo, me sentía bastante preocupado.

tinta fresca
tinta fresca

Me, decuasa yitil ? –insistió, lo que me sonó a “vamos al grano”.

–En todos los casos –expliqué en mi bárbaro francés alajuelense–, el producto de la reacción ha sido una azetidinona, y ahora lo que obtengo es, en un caso una dihidropiridona, y en el otro una doble dihidropiridona, lo corroboran todos los datos.

El profesor observó las fórmulas escritas en mi hoja de trabajo, se clavó las manos en los bolsillos, se encogió de hombros y sentenció:

–Eso irá en una pequeña nota de curiosidades en algún rincón de su tesis.

No es necesario que el lector entienda una jota de química para que sospeche que no me hacía gracia alguna la idea de incluir aquella nota de curiosidades, pero “cuando habla Zeus, el buey calla”.

Llegado el día de la defensa pública, lo único que me aterrorizaba era la presencia, en el tribunal, de un profesor flamenco de apellido Smets de quien se contaban algunas anécdotas que lo convertían en un implacable torturador medieval

Llegado el día de la defensa pública, lo único que me aterrorizaba era la presencia, en el tribunal, de un profesor flamenco de apellido Smets de quien se contaban algunas anécdotas que lo convertían en un implacable torturador medieval. La capitana de mis neuronas les había advertido a todas las demás: “Cuando venga el interrogatorio, ese es el que hay que marcar de cerca”, pero llegado su turno, el profesor Smets se limitó a decir, en un francés muy semejante al mío:

–Señor Durán, lo que más me interesó de su tesis fue esa pequeña historia a propósito de la síntesis de una dihidropiridona doble: pocas veces he visto algo tan elegante, lo felicito– y de aquel modo, toda mi pólvora se mojó dentro de los cañones. Aquella noche, durante la cena de celebración, mi director de tesis debió de notar que yo no estaba muy contento, porque se inclinó para decirme:

–Doctor Durán– de acuerdo con la costumbre, ya podía darme ese tratamiento–, lo veo algo apagado ¿no es cierto?

–Pues sí –admití–, es por causa del profesor Smets, todo lo que me reconoció fue haber sintetizado un compuesto químico nuevo, lo que equivale a decir que entré a la selva amazónica tan solo para sembrar un arbolito ornamental.

El profesor se acercó más y me dijo:

Mon cher ami , en la Amazonia, solo Dios se habría dado cuenta; aquí, en Bélgica, Dios y Smets se dieron cuenta y eso tiene que ser suficiente para cualquiera.

Aquella observación, proferida por un católico belga practicante, me reconfortó, pero también me advirtió que la modestia nunca está de más.