7 septiembre, 2014
Tinta fresca
Tinta fresca

M ientras ustedes leen esto con su cafecito de la mañana, yo estoy haciendo el examen de admisión para la UCR y la UNA por tercera vez en la vida.La primera vez fue en undécimo del cole, con el resto de mi clase. Esa vez estuve empadronada en Sociología en la UCR por un par de años, por mientras tanto. A los 24 se me metió que quería ser abogada y entré a Derecho. En segundo año me receté suficientes excusas para dejar la U botada otra vez y nunca más volví.

No importa cuántos años lleve marcando la casilla de “universidad incompleta” en formularios de empleo, sigo sin acostumbrarme a su inmediata sensación de fracaso y desventaja, por más que siempre me la haya jugado más allá de mis expectativas y que soy financieramente independiente desde que tengo 20 años.

La he visto fea un par de veces, no lo niego, especialmente este último año cuando pasé varios meses desempleada. En los ratos de desesperación retumbaba en mi cabeza la voz de mi hermana mayor diciendo que sin un título no se hace nada en la vida; pero ¿y qué de toda esta gente con sus bachilleratos, licenciaturas y hasta maestrías, subempleados o trabajando lejos de su área? Entonces no sé decirles cuál es la clave del asunto, pero sí les sé decir que es un error estudiar pensando en las aplicaciones prácticas, pensando en si el mercado laboral estará saturado en esa área para cuando uno se gradúe. Si la decisión dependiera de lo que el mercado nos ofrece, en Tiquicia seríamos todos ingenieros o administradores.

Ahora, a mitad de mis treintas, quiero volver a estudiar. Esta vez Literatura.

¿Qué diferencia habrá esta vez? ¿Cómo voy a asegurarme de no abandonarlo de nuevo? Ni idea. Sólo sé que voy a estudiar por gusto, desconectada de mi futuro. Es más, muy consciente de que no me va a servir para nada más que como satisfacción personal; no es una solución a futuros problemas de empleo, sino una necesidad y un reto conmigo misma. Me da una mezcla de ilusión y miedo volver a clases. ¡Con la breteada que es! ¿En qué cabeza cabe meterse en esto otra vez?

Sin embargo, no puedo ignorar más el impulso.

Para los colegiales que se graduarán en los próximos meses, acá va mi mejor consejo: tómense su tiempo, dejen de lado cualquier expectativa propia o ajena y aprendan a escucharse a ustedes mismos. No tienen que saber qué quieren hacer con sus vidas ahora mismo. Se vale cambiar de opinión, pero con un poco de paciencia pueden ahorrarse el problema. Se trata de ser músicos, escritores, doctores o abogados porque no nos imaginamos el resto de nuestras vidas haciendo otra cosa.

El mundo se acaba un día de estos y de nada sirve pasar años satisfaciendo al mercado o al mundo.

Les deseo suerte. Deséenmela a mí.