“Miro hacia atrás y el camino ha sido largo. Voy porque voy aunque falte pa' llegar al punto más alto, sigo subiendo con cada paso”.

Por: Priscilla Gómez 14 julio

Me caen mal las personas que se quejan de los domingos. Me aburren y me dan pereza. No digo que esté mal quejarse, pero no es una novedad que los domingos son días difíciles; algunos.

Yo trato de combatir el enjambre de negatividad creando planes para mi día de descanso. A veces fallo. A veces no. A veces soy esa persona. Por ejemplo, esta historia empieza así: Era un domingo.

* * *

Era un domingo. Tenía que trabajar, entraba a las 5 p. m. Repito: era un domingo y tenía que trabajar a las 5 p. m. y no quería. El cielo estaba muy blanco y el aire muy frío, y afuera había un silencio espeluznante.

Pero me levanté temprano porque así iniciaba mi plan. Salí de San Pedro a las 7 a. m. hacia el gimnasio que queda en Tibás, alisté mis cosas en un bolso de tela que me regaló un amigo durante un viaje que hizo a Roma.

Quería desayunar en algún lugar bonito y barato, y luego tomaría el bus para llegar al gimnasio y a sus duchas con agua caliente que tanto anhelo, tanto que ni siquiera me bañé cuando salí.

Pero tres horas después de que cerré la puerta de mi casa, estaba sentada en la parte de atrás de una patrulla.

Esto, evidentemente, no era parte de mi plan.

* * *

Era domingo. Llegué a San José centro como a las 8 de la mañana. Cerca del avenida segunda, me di cuenta que había dejado en casa mi tarjeta de débito, y como siempre, no andaba nada de efectivo.

Entonces, de chicha, fúrica, decepcionada y muy emocional, acepté que mi domingo no sería como lo planeé. Me tocó caminar de nuevo hacia la casa.

Para compensar la torpeza, decidí tomar la ruta más larga, porque además, esa es la que siempre elijo.

Caminé hacia el Hospital Rafael Ángel Calderón Guardia. Cuando iba pasando por debajo de la línea del tren, recordé cuando subí a ver el atardecer con Lorenzo, el periodista que llegó de Italia a la sección de periodismo de datos. Lo llevé por ahí porque Lorenzo no conocía San José, y quería demostrarle lo encantador que puede ese lugar, a su manera.

Mientras caminaba, pensaba: "Qué bonito es el tren". "Qué cliché ver el atardecer ahí". "Qué habré hecho la tarjeta". "Por qué existirán las malditas tarjetas". "Hola señora nube". "Hola señor carro". "Adiós líneas del tren".

Cuando de repente, en la otra acera, un hombre de unos 24 años, fornido, moreno, de ojos chinos, con gorra gris, jeans, tenis rojas, y camisa azul, corrió hacía mí como si alguien estuviera a punto de matarme.

Lo vi con el rabillo del ojo, era una ráfaga de colores violenta y demoniaca que se acercó a mí, y me comenzó a gritar algo que ya no recuerdo. Me pedía mi bolso. Pero yo no se lo quería dar. Era mío.

Dominick Proestakis
Dominick Proestakis

El paño que estaba ahí dentro, era mío. Los últimos mensajes de mis amigos, eran míos. El billete de la suerte que me regaló mi papá dentro de la billetera, era mío. Era mi bolsito.

El que todos odiaban porque siempre estaba sucio, y roto. Pero yo lo amaba, me acompañaba a todo lado. Me guardaba mis chunches, me servía para sentarme en superficies sucias, me sostenía mi sueta. Era mío.

Pero él se lo llevó. Se llevó todo lo que tenía, un domingo a las nueve de la mañana.

* * *

Siempre me lo decían: "No se confíe". "No camine por calles solas". "No saque el celular". "Ande acompañada".

Pero nunca quise escuchar. Porque, a pesar de que ese día pude haber tenido un micro infarto del susto que sentí, me rehuso a dejar de caminar mis calles, mis sombras, mis escondites. Después del asalto quedé paralizada por los siguientes 30 minutos. Caminaba en dirección a mi asaltante porque quería mi bolso de nuevo. Quería también, partirle la cara en mil pedazos.

La cara que recuerdo tan bien, y que trato de olvidar.

Pero unos indigentes, un guarda de un parqueo, y otro señor no me dejaron ir. A cambio me llamaron una patrulla. Me subí, y dos oficiales me preguntaron sobre el tipo.

Les conté todo. Ellos me respondían con códigos y números que no entendía. Esta fue la parte más divertida de todo. Anduvimos un gran rato. Despertamos a un indigente que calzaba con toda mi descripción, pero como no era, lo volvimos a arropar. Luego me acercaron a la casa. La historia de cómo logré entrar, de cómo llegué a trabajar a las 5 de la tarde, añeja, con hambre y frío es otra.

* * *

Lloré infinitamente por horas mientras caminaba por San José sin nada. Apoderada por el gen del drama, creí que nunca más regresaría a mi vida normal. Que ahora viviría en la calle. Despojada de todos los míos, de mi cuarto, mi ducha, y mis cosas.

Lo peor de todo esto, no fue ni siquiera mi historia. Sino la de todos los demás, que eran aún peores. Algunas involucraban picahielos, pistolas, golpes, puñales, o bajonazos. Pero lo mejor de todo esto fueron los otros.

* * *

Justo después de que vi a mi bolso marcharse sin una despedida, los carros se detenían para decirme que me subiera. "Vamos y los buscamos muchacha". "Jale y agarramos a ese hijueputa", me decían. Pero en mi parálisis, no sabía que hacer. El muchacho del parqueo me tranquilizaba diciéndome que no era tan grave. El señor de la cafetería me preguntaba que sí estaba bien, yo. Una completa desconocida para él.

Don Minor, el señor de la pulpe por mi casa, me regaló un café con leche y me prestó plata para el bus.

Me enseñó además un par de movimientos de karate.

* * *

El silencio aterrador de una mañana blanca y fría era una señal que pasé por alto. El instinto lo sabe todo. Ese día pensé que la indignación colectiva –en momentos así– es un abrazo al corazón. Las manos de los otros, los abrazos, los gestos, todo cuenta cuando estamos despojados de lo nuestro. Creí tener todo en ese bolso, pero la verdad es que andaba nada.

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