"Brindo a todo lo que quiero dar / A todo lo que está a punto de empezar".

Por: Danny Brenes 3 septiembre

Sentís que los libros te hablan. Voltéas la cabeza casi 90 grados para leer un título y luego otro, y sentís que en cada palabra escrita por mujeres y hombres brillantes de otros tiempos y lugares hay un mensaje que fue escrito exclusivamente para vos.

Tocás uno con la mirada justo antes de pasar al que está inmediatamente al lado. Sentís ganas de llevarte todos a tu casa y sentís, también, el ácido autoritario del tiempo: aunque lo hicieras, nunca podrías leerlos por completo.

Te fijás en uno en particular. No lo buscabas: se cruzan por casualidad. Coinciden en ese momento específico en el tiempo y el espacio; no pensás en eso, te distraés con las cosas que, muy rápido, te hace sentir: de golpe te somete a hipérboles. Te dejás, te gusta.

Lo extraés del estante con cariño, con paciencia y gracia, como tomar las manos de alguien para decirle, hey, ¿me permitís este baile? Acariciás la portada, lo olés, sentís la caída tierna de las páginas sobre las yemas de tus dedos: se sienten como olas de un mar distante y gris que llegan a besarte la piel.

Te emocionás con lo suave del papel, con los textos de contratapa, con el relieve en la portada; recordás los diseños feos que viste en otro stand, te reís con un pequeño grado de culpa: ningún libro debería nacer feo. Ningún libro debería quedarse sin leer.

Este que tenés en las manos debería leerse. Querés conocerlo, entenderlo, escucharlo, acariciarlo. Querés tomarle fotos, caminar con él en la mano, escuchar canciones lindas mientras lo leés para recordarlo siempre que aparezcan en Spotify o en un bar o en cualquier lugar donde suene música.

Ilustración: Dominick Proestakis.
Ilustración: Dominick Proestakis.

Te ganan los nervios porque sentís que es recíproco, que el libro que tenés en las manos te entiende a vos de vuelta. Te lee de vuelta. Te acaricia de vuelta en lugares que no recordabas o que no conocías del todo.

Es un libro gordo, grande, fuerte, de tapa dura: te da ganas de morderlo. Es un libro pequeño, delicado, suave: te da ganas de abrazarlo. Sentís todo a la vez. Sentís que ese es tu libro, el libro para vos, que lo leerías una y otra vez, sin cansarte.

Sabés, en el fondo, que tal vez no sería así. Tal vez te cansarías. Te da miedo, sentís dudas. Tal vez podrías leer otra cosa, o guardar el dinero para algo más urgente. Para el futuro. Leés el título. Dice Un mundo feliz. Dice Hábito. Dice Argentina. Dice 2666. Pensás en lo lejos que está ese año, el 2666. Pensás en que el futuro está muy lejos, pero el ya está aquí, con este libro que tenés en las manos, que acariciás sin que nadie vea, que te acaricia de vuelta de formas incomprensibles para nadie más. Pensás en que, si no es para leer, ¿para qué sirve el ya?

Cerrás el libro.

¿Te lo vas a llevar?