“Siempre pensé que iba a ser diferente, jamás así, morir con un pedazo de carne en la garganta”.

 29 febrero, 2016

Estoy sentado en un restaurante, estoy solo. El lugar está lleno de personas que no conozco. Un poco después, entre ellas, una cara sobresale. Es alguien que he visto antes pero que no sé exactamente adonde, alguien que viene de lejos. Entiendo que quitándole el saco, la corbata, la mirada de adulto y la cara gris por la barba puedo reconocer a V , el niño “raro” que era varios años menor que yo y que molestaban en la escuela. Lo molestaban mucho. Cuando lo reconozco entre la gente siento algo extraño. En realidad yo nunca le hice nada malo, pero tampoco impedí que los demás le hicieran daño, y eso me pudre por dentro.

Me asombro al verlo porque pensé que estaba muerto. Alguien lo había dicho años después en una mesa de tragos como parte de ese bonus track del bullying que se extiende a la distancia y en el tiempo.

Tinta fresca: Asfixia
Tinta fresca: Asfixia

–¿Se acuerdan de aquel carajillo? Bueno, está muerto –dijo uno.

–Uf, qué fuerte –dijo otro, ese que ahora es médico. El mismo que 18 atrás le tiró un vaso de orines en la cara, antes de patearle el bulto de Thundercats y golpearle la parte de atrás de la cabeza.

Pero no, V no está muerto. Está al otro lado del salón, sentado, comiendo. Se ve bien, se ve contento. Está acompañado por su familia, dos parecen ser sus hermanas y la de al lado parece ser su mamá. Tiene puesto un saco verde oscuro, la camisa amarilla, el pantalón caqui. Parece estar en su hora de almuerzo, de su cuello cuelga una llave maya. Entonces quiero acercarme y saludarlo, pero —él no me reconocería, eso pienso. — Quiero trasmitirle con la mirada esa suerte de empatía tácita que se parece un poco al arrepentimiento, pero solo de perfil y de lejitos. Quiero por telepatía decirle —soy un imbécil, yo sé, pero entendé que yo también era un niño—para luego seguir excusándome detrás de ese estúpido darwinismo adolescente, justificándome —entendé que si decía o hacía algo yo también iba a perder mi camuflaje, y seamos honestos, yo tampoco era el más fuerte.

Sentado ahí, en el restaurante, paso el cono extraño de los años hacia atrás y estoy en el vestidor de hombres en 1993. Yo nunca hago natación porque conseguí un dictamen médico que es falso y que no vence. El papel dice que el agua me da dolor de oído, que es algo crónico lo que tengo, y sé fingir, miento con naturalidad desde antes de los trece. Igual tengo que esperar en el cambiador a los demás para la clase de educación física. En mi walkman da vuelta el soundtrack de Coneheads. Mis compañeros llegan a cambiarse y ahí está V, que es varios años menor y que se retrasó del resto de su grupo al cambiarse. Nadie lo esperó, sus compañeros se fueron, lo dejaron solo. El vestidor se llena de adolescentes. Tres o cuatro lo rodean, se burlan, lo empujan y nadie hace nada. Yo veo la escena desde lejos y me quedo quieto. El piso del cambiador está mojado por los niños que se secaron antes, el maletín de los Thundercats está ahora boca abajo. Huele a cloro.

Paso de vuelta el cono del tiempo pero esta vez hacia adelante y estoy de vuelta en el restaurante en el 2016. Yo masco, V masca, la gente en el lugar masca. Mi consciencia también masca. Él le sonríe a su familia y conversa. Llevo el tenedor a mi boca, trago y como por el mal karma de los cobardes, en un instante me atraganto con un pedazo de carne que no sube, que no baja. El trozo se aferra a la tráquea y desde ahí me susurra la palabra —asfixia. Sí, la carne tiene una boca pequeñita que se arquea en los extremos hacia arriba, me sonríe y desde mi garganta dice —asfixia, cierra un poco los ojos y repite, —asfixia.

Entonces entro en pánico.

Veo a la masa de gente alrededor y entre ellos veo a V. Me aflojo la corbata, pongo las manos sobre la mesa y la sacudo con fuerza, me inclino hacia el frente. Me levanto y me muevo por el salón, todos me ven hacerlo. Hago un escándalo cuando tiro al piso varios platos, golpeo la mesa de al lado. Una señora toma con fuerza su cartera, un hombre me da la espalda, un niño se ríe. Me estoy ahogando.

Siempre pensé que iba a ser diferente, jamás así, morir con un pedazo de carne en la garganta. Pienso —que sin gracia, que injusto —y pido ayuda con mis gestos, pero nadie hace nada. Estoy rojo, algo me empuja el pecho hacia adentro, se me van a salir los ojos, eso siento. V ve la escena desde lejos y me sonríe, indiferente pero amable, cariñoso, distante.

Después de un rato caigo al suelo de rodillas y al hacerlo el tuco de carne sale expulsado con fuerza. Respiro de nuevo y por la impresión de lo que acaba de pasarme comienzo a llorar, lloro como un niño. Estoy acostado en el medio del salón, rodeado de un montón de caras desconocidas. El piso huele a cloro. Siento sus miles de ojos como alfileres hirviendo clavados en mi espalda, tres mil esgrimas me atraviesan y me duelen como hilos de fuego en todo el cuerpo. Estoy rodeado de gente que se queda viendo como lloro en medio de ellos y nadie se me acerca, nadie dice nada, nadie hace nada. Entonces veo que en el piso, entre los restos del desastre que dejé, está el trozo de carne que me mira fijamente a los ojos y que abre su boca pequeña y sonríe y me dice —Sí, imbécil.